Entradas

Mostrando entradas de noviembre, 2025

Eagle - Madrid II (1999)

Descubrí la tarjeta de Adrián en mi bolsillo con su número de teléfono, tenía que estar en Madrid unos días más, así que después de tomarme mi dia de descanso lo llamé, mi idea era devolverle la follada pero a lo bestia, así que volvimos a quedar en Eagle. Cuando llegué a Eagle Adrián no estaba solo, junto a él había un tipo elegante, con chaqueta de cuero y corbata, muy atractivo y otro tipo que parecía sacado de una película porno de los 70, con los chaps puestos, un chaleco de cuero y mucho vello en su pecho, un bigote a lo Paul Barresi y una altura kilométrica. EL tipo elegante parecía llevar la conversación, al llegar yo Adrián me presentó diciéndole "Este es el tío del que te hablé", me quedé intrigado de que habrían hablado de mi, el alto del bigote intervino, era americano, dijo, "tiene buena pinta", refieriéndose a mí. El tipo elegante dijo que fuésemos a un reservado, había varios, como pude descubrir. Una vez allí el americano se sacó el rabo que era larg...

Eagle - Madrid I (1999)

Era un sábado de 1999, una de esas noches en que Chueca parecía el centro del universo. Había entrado en la Eagle con una camiseta blanca ajustada y unos 501 rotos que me marcaban todo. Estaba en la barra pidiendo un cubata cuando noté que alguien se me acercaba por detrás y me rozaba el culo con disimulo. Me giré y ahí estaba él: Adrián. Rapado al uno, chupa de cuero negra abierta, torso bronceado y definido, cadena gorda al cuello y esa mirada de “te voy a follar aquí mismo”. Olía a sol, a colonia cara y a vicio puro. Empezamos a hablar y en dos frases ya me estaba contando que vivía entre Madrid y Torremolinos, que tenía un chalet en la playa donde montaba fiestas privadas “de las de verdad”: cuero, látigos, fisting, lo que hiciera falta. Cada palabra me la decía pegado al oído, con esa voz ronca, y yo notaba cómo se me ponía dura como una piedra dentro del vaquero. En un momento dado me puso la mano en el muslo, subió despacio y llegó justo al bulto. Notó la tela mojada del precum ...

Abierto en canal (1986)

 Me cago en Dios, cómo me pone verlo así. Entra al cuarto sin decir ni una palabra, solo con la toalla blanca alrededor de la cintura. La piel todavía mojada de la ducha, gotas resbalando por el pecho liso y bajando hasta perderse en esa V perfecta. Se para delante de mí, baja la mirada y deja caer la toalla. Polla medio dura ya, culo depilado, redondo, perfecto. Me mira de reojo, sabe lo que le espera y se le nota en la respiración acelerada. —Date la vuelta y abre. Obedece al segundo. Se gira, se inclina un poco y se agarra las nalgas con las dos manos, separándoselas hasta que veo ese agujero rosado, brillante de lubricante. Ya se preparó solo en el baño, el muy puto. Me acerco, le meto la cara entre las nalgas y le chupo el culo como si me fuera la vida en ello. Sabe a limpio y a desesperación. Le meto la lengua hasta el fondo, le muerdo el borde, le escupo dentro. Gime como una perra en celo. Me pongo de pie, me bajo los pantalones de una vez y mi polla salta fuera, dura como ...

Las hermanas III (1993)

La puerta abierta fue como tirar carne fresca a los tiburones. En menos de diez segundos la sala roja se llenó. Primero entraron dos parejas maduras que ya habíamos visto otras noches. Luego un grupo de tres tíos jóvenes, musculados, con pinta de gimnasio y mirada hambrienta. Después una mujer sola, alta, pelirroja, con un corsé negro que le apretaba las tetas hasta casi reventar. Todos se quedaron en el umbral un segundo, como si no creyeran lo que veían: nosotras dos tiradas en el colchón, destrozadas, chorreando, y yo de rodillas entre ellas con la polla todavía medio dura y brillante de corrida y jugos. Blanca, sentada en el borde del colchón con las piernas abiertas y mi leche resbalándole por los muslos, levantó la mano. Reglas —dijo con esa voz ronca que hace temblar a cualquiera—:   1. Antifaz siempre puesto.   2. Nadie se corre dentro si no se lo pedimos.   3. Ella —señaló a Laura— y yo decidimos quién, cómo y cuándo.   4. Él —me señaló a...

Las hermanas II (1993)

Entré al club a las dos y media de la mañana. El calor pegajoso de julio se mezclaba con el olor a sexo reciente y a colonia cara. El antifaz me apretaba la cara, pero no tanto como la polla me apretaba ya los pantalones. Había una sola regla esa noche: nadie habla, nadie se quita la máscara hasta que los tres estemos dentro de la sala roja y cerremos la puerta.   Me encontré a Blanca antes de verla. La reconocí por el olor: su perfume mezclado con el aroma de su coño cuando está cachonda desde hace horas. Estaba en el centro de la pista, de espaldas, con un vestido negro de malla que dejaba ver cada curva. Un foco rojo la iluminaba desde arriba y sus pezones se marcaban como si llevara pinzas. Dos tíos intentaban tocarla; ella los apartaba con una mano y con la otra se acariciaba el clítoris por encima del tanga, despacio, sin prisa, mirándome a través del antifaz.   Laura apareció por el otro lado, vestida de látex negro puro, con una cremallera que iba desde la ga...

Las hermanas I (1993)

Era una de esas noches calurosas de verano en la Costa del Sol, en uno de esos clubes privados de antifaces donde nadie es quien dice ser. Blanca me había convencido de ir: “Vamos a jugar, cariño, sin nombres, solo cuerpos”. Ella llevaba meses arrastrándome a ese mundo después de que su hermana pequeña, Laura, me contara (entre gemidos, mientras me la follaba en el coche) todos los secretos de Blanca. Yo ya estaba dentro hasta el fondo: follaba a Laura a escondidas en la oficina, en su casa cuando los niños estaban con el padre, y ahora también follaba a Blanca siempre que podía. Las dos sabían que me tiraba a la otra, pero nunca lo hablaban abiertamente. Era nuestro juego sucio. Aquella noche entramos por separado. Regla del club: antifaces negros obligatorios, luces tenues, música profunda y mucho alcohol. Blanca desapareció entre la gente nada más llegar. Yo me tomé dos copas y ya noté cómo me miraban. Una mujer alta, con un vestido rojo que apenas tapaba nada, se me acercó y, sin d...

Historias de la Mili 2 (1990)

Era 1990, pleno verano en el polvorín del cuartel de artillería de la sierra. El calor era asfixiante de día y de noche apenas bajaba la temperatura. Yo ya llevaba meses en el destacamento y, entre guardias y maniobras, me había tirado a varios compañeros de reemplazo en los almacenes de munición o detrás de los camiones. Siempre rápido, sin palabras, con la adrenalina de que nos pillaran. Aquella noche me tocaba guardia de armas con el sargento Morales, un tío de unos 35 años, moreno, curtido, con el cuerpo todavía duro del servicio y una fama de cabrón que imponía respeto. Rondábamos los depósitos cuando, sin venir a cuento, me miró fijo y me dijo bajito: “Tú eres el que se come a los quintos, ¿verdad?”. No contesté. Solo sonreí. Se acercó, me agarró la nuca y me metió la lengua hasta la garganta. En dos minutos ya tenía su polla fuera, gruesa, venosa, oliendo a sudor de todo el día. Me arrodillé entre dos palés de obuses y se la mamé como un poseso mientras él gemía contenido, miran...

Martín (2005)

Estoy en el club de  Chueca que me indicó, un sábado por la noche, está a reventar, todos sin camisetas, sudor música a tope y luces rojas, cuando lo veo apoyado en la barra. Martín en persona: camiseta negra ajustada, brazos tatuados, barba de tres días y esa mirada de «te voy a destrozar». Me reconoce al instante (le había escrito por Twitter unos días antes) y se acerca con media sonrisa. —Hostia, el chaval de 128 kg… ¿vienes a dar guerra o qué? No le contesto con palabras. Le agarro la nuca y le meto la lengua hasta el fondo. Se deja, me muerde el labio y me aprieta la panza como quien comprueba si es real. Cinco minutos después ya estamos en los servicios del fondo, puerta atrancada. Le bajo los pantalones, se le marca el pollón debajo del boxer, pero esta noche mando yo. Lo pongo contra la pared, le escupo en el culo y se lo meto de una. Gime como un animal, me dice «más fuerte, cabrón, rómpeme» y yo empujo con todo mi peso hasta que la pica le llega al fondo. Nos corremos ca...

Volviendo por Madrid (2017)

Tengo un curso en Madrid y eso es algo que hay que aprovechar. Tengo ganas de sauna, por lo que miro por internet alguna que tenga clientes de mi edad, 50 tacos, veo que la más recomendada es Octopus a la que llego sobre las 20:35 con la polla ya medio dura dentro de los vaqueros, recién salido del curso. Pago en la entrada, me desnudo en la taquilla y salgo con la toalla colgando y la verga gorda balanceándose como un puto ariete. Nada más entrar al pasillo oscuro un oso de 60 años, 140 kg, barriga peluda y barba blanca me agarra los huevos y me gruñe al oído:   «Hostia, qué pedazo de polla traes, cabrón… esta noche te la vamos a vaciar hasta que llores». Me lleva arrastrando a la cabina 3. Dentro hay dos casados esperando con los culos ya lubricados. Uno se pone de rodillas y se me traga los 19×15 de polla hasta la garganta, ahogándose y babeando. El otro me abre el culo con las dos manos y me clava la lengua hasta el fondo como si quisiera comerse mis tripas. Me mete tres d...

Tease & Denial (2002)

No recuerdo como llegué allí, estaba en la suite del ático de Abigail, completamente desnudo, muñecas y tobillos atados a una silla de terciopelo negro con cuerdas de seda roja que Abigail misma anudó antes de empezar. Las ataduras eran firmes pero no cortaban; solo recuerdan, a cada movimiento inútil, que no voy a tocar, no voy a correrme, no voy a hacer nada más que mirar y sufrir de la forma más deliciosa. Abigail me mira una última vez antes de empezar. Se pasa la lengua por los labios, sonríe con esa mezcla de dulzura y crueldad que me vuelve loco y susurra solo para ti: «Esta noche vas a aprender lo que es querer tanto que duela… y no poder tenerlo.» Después se gira hacia ellas y ya no vuelve a mirarme. Ana, una diosa de ébano de cuerpo flexible, ligero, poco pecho y mucho fuego, y Angelica, una australiana que acudía a mi oficina casi todas las semanas y que tenía unos ojos claros como el cielo azul y unos pechos grandes y espectaculares, un cuerpo voluptuoso que elevaba el dese...

La concentración

Tenía mejillas sonrosadas, pelo negro y heterosexual, y yo odiaba sus malditas tripas.   Pero yo era el rey del lugar: el jugador más duro y viril de la concentración, con mis botas camperas, pantalones ajustados y chaqueta de cuero que marcaba mis músculos de jugador de rugby. Era el verano de 1990 en Madrid,  y allí estaba yo, recién seleccionado para mi selección autonómica en ese hotel en el campo, con un calor que me hacía sudar como a un cerdo. El idiota se llamaba Phil, mi compañero de melé. Era un snob intelectual, siempre con la nariz en alto, pensando que era mejor que yo porque llevaba más tiempo allí. Pero yo era más duro y sucio, más fuerte, con mis tez morena, pelo negro ondulado y ojos negros que perforaban. Mis muslos poderosos bajo los pantalones ajustados, mi pecho ancho con vello triangular negro. Llegué como un torbellino, y desde el primer día supe que me odiaba... pero también que me deseaba en secreto, como una perra en celo. "¿Por qué no nos turnam...