Martín (2005)
Estoy en el club de Chueca que me indicó, un sábado por la noche, está a reventar, todos sin camisetas, sudor música a tope y luces rojas, cuando lo veo apoyado en la barra. Martín en persona: camiseta negra ajustada, brazos tatuados, barba de tres días y esa mirada de «te voy a destrozar». Me reconoce al instante (le había escrito por Twitter unos días antes) y se acerca con media sonrisa.
—Hostia, el chaval de 128 kg… ¿vienes a dar guerra o qué?
No le contesto con palabras. Le agarro la nuca y le meto la lengua hasta el fondo. Se deja, me muerde el labio y me aprieta la panza como quien comprueba si es real. Cinco minutos después ya estamos en los servicios del fondo, puerta atrancada. Le bajo los pantalones, se le marca el pollón debajo del boxer, pero esta noche mando yo. Lo pongo contra la pared, le escupo en el culo y se lo meto de una. Gime como un animal, me dice «más fuerte, cabrón, rómpeme» y yo empujo con todo mi peso hasta que la pica le llega al fondo. Nos corremos casi a la vez, él sin tocarse, yo dentro. El olor a meados y sexo nos rodea y nos excita. Salimos de los servicios y sin darnos cuenta estamos morreando con un apetito insaciable, nos volvemos a los servicios cachondos como dos buenas putas que somos. Martín me empuja contra la puerta, me baja la cremallera y me saca la polla medio dura, se pone a comerla hasta ponerla bien dura, cuando la tengo a tope se saca la suya, agacha mi cabeza y me la mete hasta la garganta de una, sin avisar, me ahoga con ella mientras me agarra la nuca. Yo le arranco el boxer, le separo las nalgas tatuadas y le meto dos dedos secos; gime y se estremece. Mis dedos dentro de él, su polla en mi boca, es un juguete excitado y enviciado, tanto que no puede aguantar y se corre llegando su leche hasta mi garganta. Trago y chupo hasta dejarle el rabo fláccido y derrotado. Ahora me toca a mí le digo. Le doy la vuelta, le escupo en el agujero y le clavo los 20 cm de golpe. Todo mi peso (128 kg) cae encima de él contra la pared de azulejos. Cada embestida hace «plaf» contra su culo, sus huevos rebotan en mis muslos, me dice «rómpeme, cabrón, rómpeme» entre dientes. Le aprieto el cuello, le muerdo la oreja y acelero hasta que siento cómo se le contrae el culo y se corre sin manos, chorros que salpican el suelo. Yo descargo dentro, tan profundo que noto el calor rebotando.
Salimos con la ropa pegada al cuerpo, nos dirigimos a la calle, de la mano, magreándonos. Pillamos un taxi para ir a su casa, nos sentamos atrás y ya no hay disimulo: nos comemos la boca como animales, lenguas hasta la campanilla, babas por la barbilla. Yo le meto la mano dentro del pantalón y le aprieto las huevos; él me mete dos dedos en el culo por encima del vaquero. El conductor (Luis, 55 años, calvo, barriga de cerveza, camisa desabrochada y pecho peludo gris) nos mira por el retrovisor y se toca el paquete.
—Joder, qué espectáculo… ¿Queréis un sitio para tíos de verdad o seguís con el teatro?
Martín le responde con mi lengua todavía en su boca: «Llévanos ya, papá».
Veinte minutos después bajamos por una escalera cutre en Lavapiés. Dentro huele a sudor rancio, cuero y cloro. Luces rojas, música industrial, una decena de tíos de 40-60 años en calzoncillos sucios, arneses o directamente en bolas. El suelo pegajoso, un sling oxidado, un colchón manchado y una cruz de San Andrés en la pared.
Luis cierra la puerta y se quita todo: polla gorda, venosa, sin depilar, ya chorreando. Nos empuja al colchón. Martín se arrodilla y me chupa mientras Luis me abre el culo con la lengua, me mete la barba entera y me escupe dentro. Luego me atan las muñecas con una corbata vieja y me cuelgan del sling. Martín se pone delante, me mete la polla en la boca hasta que me dan arcadas; Luis detrás, me escupe en el agujero y me la clava de una. 128 kg colgando, balanceándome, empalado por los dos lados. Me follan a la vez, sin condón, sin pausa, el sling chirría, siento sus huevos peludos golpeándome la barbilla y el culo.
Después me bajan. Me ponen boca arriba en el colchón. Martín se sienta en mi cara con todo su peso; me asfixia con su culo sudoroso mientras Luis me levanta las piernas y me folla como un animal. Luego cambian: yo follo a Martín de lado, él gime «más fuerte, coño, rómpeme otra vez», mientras Luis se la mete a Martín por delante y nos besa a los dos, lengua llena de babas y sudor.
Alguien abre la puerta y entran tres más: un oso de 140 kg, otro con arnés de cuero y un tercero con botas militares. Nos mean encima, nos escupen, nos meten dedos, botellas de cerveza fría, puños lubricados con nuestra propia corrida. He perdido la cuenta de mis corridas: una en la cara de Martín, otra dentro de Luis otra cuando el oso de 140 kg se sienta encima de mí y me aplasta mientras me corro sin tocarme, otra y otra.
A las cinco de la mañana salimos a la calle oliendo a sexo, meados y cerveza. Martín me agarra la mano, todavía temblando:
—Hostia, chaval… esto ha sido mejor que cualquier rodaje.
Y yo, con el culo en llamas y la camiseta rota, solo puedo sonreír como un idiota feliz.
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