Eagle - Madrid I (1999)

Era un sábado de 1999, una de esas noches en que Chueca parecía el centro del universo. Había entrado en la Eagle con una camiseta blanca ajustada y unos 501 rotos que me marcaban todo. Estaba en la barra pidiendo un cubata cuando noté que alguien se me acercaba por detrás y me rozaba el culo con disimulo. Me giré y ahí estaba él: Adrián.

Rapado al uno, chupa de cuero negra abierta, torso bronceado y definido, cadena gorda al cuello y esa mirada de “te voy a follar aquí mismo”. Olía a sol, a colonia cara y a vicio puro. Empezamos a hablar y en dos frases ya me estaba contando que vivía entre Madrid y Torremolinos, que tenía un chalet en la playa donde montaba fiestas privadas “de las de verdad”: cuero, látigos, fisting, lo que hiciera falta. Cada palabra me la decía pegado al oído, con esa voz ronca, y yo notaba cómo se me ponía dura como una piedra dentro del vaquero.

En un momento dado me puso la mano en el muslo, subió despacio y llegó justo al bulto. Notó la tela mojada del precum y sonrió como el demonio que era. Se llevó los dedos a la boca, los lamió mirándome a los ojos y me soltó sin más:

—Sácatela. Quiero probarte ahora mismo.

Yo me quedé cortado un segundo, pero el camarero (un tío lleno de piercings en cejas, nariz y labios) me guiñó el ojo y dijo:

—Sácala, coño, que como chupa Adrián no te la chupa nadie en Madrid.

No hizo falta más. Me desabroché el botón, bajé la cremallera y saqué mis 19 cm ya empapados. Adrián se agachó sin dudarlo y se la metió hasta la garganta de una sola embestida. Me agarró los huevos con una mano, apretó la base con la otra y empezó a mamar como si le fuera la vida en ello. Yo apoyado en la barra, con la cabeza echada para atrás, intentando no correrme en diez segundos.

Alrededor se fue formando un corro. Cinco o seis tíos, algunos con la polla fuera ya, pajéandose despacio mientras miraban. Uno le comía la polla a otro al lado mía, otro meneaba dos pollas ajenas, una en cada mano.

Yo gemía como un puto loco y le avisé:

—Para, Adrián, que me corro…

Y él, ni caso. Siguió chupando más fuerte. Al final me apartó la boca justo a tiempo, me agarró la polla con fuerza y me cascó una paja rapidísima. Empecé a disparar leche como un loco: chorro tras chorro que caían al suelo pegajoso de la barra. El cabrón siguió meneando hasta que no quedó ni una gota.

Entonces miró al chaval que tenía más cerca (un rubito de cara angelical que no aparentaba ni 18) y le dijo:

—Ven, limpia.

El chaval se tiró de rodillas y se puso a chuparme la polla sensible, sorbiendo los restos, hasta dejarme seco y temblando.

Adrián se levantó, me levantó la camiseta, me pellizcó los pezones con fuerza y me metió la lengua hasta la campanilla mientras me decía al oído:

—Ahora nos vamos al fondo, que esto solo ha sido el aperitivo.

Me agarró de la mano a mí y al chaval, y nos llevó directos al pasillo de la darkroom. 

Entramos al darkroom los tres en fila: Adrián delante, yo en medio y el chaval rubio pegado a mi espalda. Nada más cruzar la cortina negra el ruido de la música se volvió un rumor lejano y lo único que se oía era jadeos, carne chocando y algún grito ahogado.

Adrián me empujó contra la primera pared que encontró. Estaba tan oscuro que solo veía el brillo de sus ojos y el blanco de sus dientes cuando sonreía. Me bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón hasta los tobillos y me giró de cara a la pared. Sentí su lengua directa en el culo, sin aviso: lamió, escupió, metió lengua hasta el fondo mientras me abría las nalgas con las dos manos como si quisiera partirme en dos.

El chaval se había puesto de rodillas delante de mí y ya tenía mi polla otra vez en la boca. Me la tragaba entera, con arcadas, babeando, sin parar. Yo solo podía gemir y empujar cadera hacia delante y hacia atrás: boca por delante, lengua por detrás.

De pronto Adrián se levantó. Escuché la cremallera de su chupa, luego la de su pantalón. Notorious de cuero. Sentí algo caliente y enorme rozándome la raja. Escupió en su mano, se untó la polla y sin más me la clavó de una sola estocada. Me atravesó. Grité, pero el chaval me tapó la boca metiéndome los dedos y luego su propia polla. Ahora tenía dos pollas dentro al mismo tiempo: la de Adrián partiéndome el culo y la del chaval follándome la garganta.

Adrián empezó a bombear como un animal. Cada embestida me empujaba más adentro de la boca del rubio. Me agarraba mis caderas con tanta fuerza que al día siguiente tenía marcas moradas de sus dedos. Me decía cosas al oído, guarradas puras:

«Te voy a llenar de leche hasta que te salga por la nariz, puto… Vas a volver a casa andando raro una semana…»

Yo ya no podía más. Sentía la polla del chaval palpitando en mi boca y la de Adrián hinchándose dentro de mí. El rubio fue el primero: se corrió con un gemido largo, me inundó la garganta de leche caliente y salada. Tragué lo que pude, el resto me chorreó por la barbilla.

Adrián aceleró, me agarró del pelo, me echó la cabeza para atrás y me mordió el cuello mientras se corría. Noté cada chorro golpeándome dentro, caliente, espeso, interminable. Se quedó clavado hasta la última gota, respirando como un toro.

Cuando salió, me dio la vuelta, me puso de rodillas y me metió la polla empapada de su leche y de mis jugos en la boca para que le limpiara. El chaval, que ya se había corrido, se acercó y empezó a lamerle los huevos a Adrián mientras yo le chupaba el rabo flojo.

Después nos quedamos los tres ahí tirados en el suelo pegajoso, sudor con sudor, leche con leche, respirando fuerte. Adrián me pasó un brazo por los hombros, me dio un morreo largo y me dijo:

«La próxima vez te vienes al chalet. Esto aquí ha sido un juego de niños.»

Y se fue, con su chupa puesta y la cremallera aún abierta, dejando un rastro de sexo que se olía desde la barra.

Yo salí una hora después, con el culo ardiendo, la camiseta perdida y la cara llena de restos secos. Madrid estaba amaneciendo y yo caminaba como si llevara un tronco entre las piernas, pero con una sonrisa que no me cabía en la cara.

En mi bolsillo una tarjeta con un número de teléfono móvil y un nombre Adrián.





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