Las hermanas III (1993)
La puerta abierta fue como tirar carne fresca a los tiburones.
En menos de diez segundos la sala roja se llenó. Primero entraron dos parejas maduras que ya habíamos visto otras noches. Luego un grupo de tres tíos jóvenes, musculados, con pinta de gimnasio y mirada hambrienta. Después una mujer sola, alta, pelirroja, con un corsé negro que le apretaba las tetas hasta casi reventar. Todos se quedaron en el umbral un segundo, como si no creyeran lo que veían: nosotras dos tiradas en el colchón, destrozadas, chorreando, y yo de rodillas entre ellas con la polla todavía medio dura y brillante de corrida y jugos.
Blanca, sentada en el borde del colchón con las piernas abiertas y mi leche resbalándole por los muslos, levantó la mano.
Reglas —dijo con esa voz ronca que hace temblar a cualquiera—:
1. Antifaz siempre puesto.
2. Nadie se corre dentro si no se lo pedimos.
3. Ella —señaló a Laura— y yo decidimos quién, cómo y cuándo.
4. Él —me señaló a mí— es nuestro. Si lo tocáis, es porque nosotras lo permitimos.
¿Algún valiente?
El silencio duró dos segundos. Luego todos se abalanzaron.
El primer tío, alto, moreno, con una polla curva y gruesa, se arrodilló delante de Blanca y le metió la lengua en el coño sin pedir permiso. Ella le agarró del pelo y le clavó la cara contra su clítoris hinchado.
—Más fuerte, cabrón. Quiero que me limpies hasta el alma.
Laura, a mi lado, ya tenía a la pelirroja encima. Se besaban como si se odiaran, mordiéndose los labios, las tetas, los cuellos. La pelirroja bajó y empezó a lamerle el coño a Laura, tragándose lo que quedaba de mi corrida. Laura me miró, sonrió con malicia y me susurró:
—Ven aquí y fóllame la boca mientras esta zorra me come.
Me puse delante. Laura abrió la boca y me tragué hasta la garganta otra vez. La pelirroja levantó la vista, vio mi polla entrando y saliendo de la boca de Laura y se volvió loca: metió cuatro dedos dentro de Laura de golpe y empezó a bombear como si quisiera romperla.
A mi alrededor era un caos perfecto.
Uno de los tíos jóvenes se había puesto detrás de Blanca y le estaba metiendo la polla en el culo despacio, centímetro a centímetro. Blanca empujaba hacia atrás, gimiendo, mientras el otro seguía lamiéndole el coño desde abajo. Era un sándwich brutal: lengua en el clítoris, polla en el culo, y ella en medio temblando de placer.
Otro tío se acercó a mí, se arrodilló y sin pedir permiso empezó a chuparme los huevos mientras yo le follaba la boca a Laura. Sentí su lengua caliente, su boca ansiosa, y por un segundo pensé en apartarlo… pero Blanca me miró desde el otro lado de la sala, sonrió y articuló sin voz: «Déjalo».
Así que dejé que me mamara los huevos y el perineo mientras yo seguía follando la garganta de Laura hasta que las arcadas le hacían llorar.
En menos de cinco minutos la sala era una orgía sin control.
Laura estaba boca arriba, con la pelirroja sentada en su cara y un tío follándole el coño a cuatro patas. Otro le metía la polla en la boca. Ella gemía como una loca, ahogada en carne y placer.
Blanca estaba en el centro del colchón, a cuatro patas: un tío le follaba el coño, otro el culo, y un tercero se la metía en la boca. Los tres embistiendo al mismo ritmo, como si tuvieran ensayado. Ella tenía los ojos en blanco, el cuerpo temblando, la saliva y los jugos chorreándole por todas partes.
Yo… yo ya no sabía ni dónde estaba.
Tenía a la pelirroja chupándome la polla mientras otro tío me lamía el culo. Sentía lenguas por todas partes, manos, pollas rozándome. En un momento me encontré follando a Blanca por detrás mientras ella se comía el coño de Laura, y Laura me miraba a los ojos y me decía entre gemidos:
—Más fuerte, joder. Quiero que me rompas otra vez.
Y lo hice.
La embestí tan fuerte que el tío que tenía al lado se corrió sin tocarse, salpicando la espalda de Blanca. Ella gritó dentro del coño de Laura y se corrió otra vez, un orgasmo tan fuerte que le temblaron las piernas y casi se cae.
Entonces Laura se levantó, empapada, roja, hermosa en su locura.
—Todos fuera menos él —ordenó señalándome—. Ahora quiero verlo todo.
Los demás obedecieron al instante. Salieron en silencio, algunos todavía corriéndose en la mano, otros con la polla dura y frustrada.
Solo quedamos los tres otra vez.
Laura se tiró encima de Blanca y empezaron a besarse como si quisieran comerse vivas. Yo me quedé mirando, la polla latiendo, el cuerpo temblando de adrenalina.
Blanca me miró por encima del hombro de su hermana.
—Ven —dijo—. Ahora te toca a ti decidir.
Me acerqué. Laura se apartó un segundo, me agarró la polla y me la metió en el coño de Blanca de un solo movimiento. Luego se colocó detrás de mí, me abrió el culo con las manos y empezó a lamerme como una posesa.
Follé a Blanca despacio al principio, luego cada vez más fuerte, mientras Laura me metía la lengua hasta el fondo y me mordía las nalgas. En un momento saqué la polla del coño de Blanca, la apunté hacia atrás y se la metí a Laura en la boca. Ella la tragó entera, saboreando a su hermana.
Así seguimos, los tres enredados, pasando de un cuerpo a otro, sin prisa ya, solo placer puro y sucio.
Cuando me corrí por última vez fue dentro de las dos a la vez: primero en el coño de Blanca, luego saqué y acabé dentro de la boca de Laura, que se lo pasó a su hermana en un beso largo, lento, lleno de leche y saliva.
Nos quedamos abrazados en el colchón, rodeados de condones usados, de manchas, de olor a sexo que nunca se irá de esa sala.
Blanca me mordió la oreja y susurró:
—La próxima semana traemos cámaras.
Laura se rio contra mi cuello.
—Y cobramos entrada.
Sonreí.
El club nunca volverá a ser el mismo.
Y nosotros tampoco.
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