Las hermanas II (1993)
Entré al club a las dos y media de la mañana. El calor pegajoso de julio se mezclaba con el olor a sexo reciente y a colonia cara. El antifaz me apretaba la cara, pero no tanto como la polla me apretaba ya los pantalones. Había una sola regla esa noche: nadie habla, nadie se quita la máscara hasta que los tres estemos dentro de la sala roja y cerremos la puerta.
Me encontré a Blanca antes de verla. La reconocí por el olor: su perfume mezclado con el aroma de su coño cuando está cachonda desde hace horas. Estaba en el centro de la pista, de espaldas, con un vestido negro de malla que dejaba ver cada curva. Un foco rojo la iluminaba desde arriba y sus pezones se marcaban como si llevara pinzas. Dos tíos intentaban tocarla; ella los apartaba con una mano y con la otra se acariciaba el clítoris por encima del tanga, despacio, sin prisa, mirándome a través del antifaz.
Laura apareció por el otro lado, vestida de látex negro puro, con una cremallera que iba desde la garganta hasta el culo. Se abrió la cremallera del pecho de un tirón y sus tetas saltaron libres, los pezones pintados de rojo oscuro. Se mordió el labio inferior al verme y, sin decir nada, me agarró la polla por encima del pantalón y apretó fuerte. Me llevó arrastrando hasta la sala roja.
Dentro ya estaba Blanca, completamente desnuda salvo por el antifaz y unos tacones de charol de quince centímetros. Había echado a todos los que intentaban entrar. Cerró la puerta con pestillo y giró la llave dos veces. El clic sonó como un disparo.
Laura se quitó el látex de un solo movimiento. El sonido del cremallera bajando hasta el coño fue lo más obsceno que había oído en mi vida. Blanca se acercó gateando, lenta, como una depredadora. Cuando llegó a Laura se quedaron quietas un segundo, respirando fuerte, oliéndose. Luego se comieron la boca con tanta violencia que oí dientes chocar.
Blanca empujó a Laura contra la pared de espejos. Le abrió las piernas de un manotazo y se hundió de cara en su coño sin preliminares. Laura gritó tan fuerte que retumbó en el techo. Yo me quedé mirando cómo la lengua de Blanca entraba y salía, cómo lamía el clítoris hinchado, cómo metía tres dedos de golpe y los retorcía dentro. Laura me buscó con las manos temblorosas, me bajó la cremallera y sacó mi polla ya chorreando.
—Métemela hasta la garganta —susurró con la voz rota.
Me puse delante de su cara y empujé. Entré hasta el fondo de una embestida. Ella se atragantó, lágrimas negras de rímel corriéndole por el antifaz, pero no se apartó; al contrario, me agarró del culo y tiró más hacia dentro. Yo empecé a follarle la boca como si fuera un coño, profundo, sin piedad, mientras Blanca la devoraba por abajo.
Laura se corrió la primera vez en menos de un minuto. Un chorro caliente le salió disparado contra la cara de Blanca, que lo recibió con la boca abierta, tragándose todo lo que podía. Luego se levantó, empapada, y me besó con la boca llena del sabor de su hermana.
—Ahora tú —me dijo Blanca, con esa voz ronca que parece que te raspa la polla—. A cuatro patas, las dos.
Nos pusieron a Laura y a mí de rodillas en el colchón redondo, uno al lado del otro. Blanca se colocó detrás de Laura primero. Escupió en su culo, metió dos dedos sin avisar y los movió rápido. Laura gritó y empujó hacia atrás. Yo veía todo en el espejo del techo: el culo perfecto de Laura abierto, los dedos de Blanca entrando y saliendo, los hilos de saliva y corrida brillando.
Luego Blanca vino a por mí. Me agarró la polla con una mano, me escupió en el culo y metió un dedo de golpe. Me tensé, pero ella me mordió la oreja y susurró:
—Relájate, cariño, hoy vas a sentir lo que sienten ellas cuando te las follas como un salvaje.
Metió un segundo dedo, luego un tercero. Yo gemía como un puto animal. Laura se giró, me miró y se metió mi polla en la boca mientras su hermana me abría el culo con los dedos.
Cuando Blanca sacó los dedos, los dos estábamos temblando. Se puso un arnés negro enorme que había sacado de algún lado (veinte centímetros de silicona gruesa, venosa, brillante). Se untó lubricante en la polla falsa y en su propio coño.
Primero se la metió a Laura. De un solo empujón, hasta el fondo. Laura gritó tan fuerte que pensé que vendría seguridad. Blanca empezó a bombear como un hombre, fuerte, profundo, sin pausa. Cada embestida hacía que la polla de Laura se hundiera más en mi boca.
Luego salió de Laura, chorreando, y vino directa a mí. Me abrió el culo con las manos y empujó. Sentí cómo me partía en dos. El dolor se mezcló con un placer brutal que nunca había sentido. Empecé a gemir como una perra mientras Blanca me follaba el culo y Laura me mamaba la polla al mismo ritmo.
Los espejos lo multiplicaban todo por diez: veía a Blanca con el arnés clavado en mí, sus tetas rebotando, su cara de placer puro; veía a Laura tragándose mi polla hasta las lágrimas; veía mi propia cara deformada por el placer y el dolor.
Cambiamos otra vez.
Laura se tumbó boca arriba. Yo me puse encima de ella y le metí la polla en el coño de un golpe seco. Blanca se sentó en la cara de Laura, restregándole el coño empapado mientras yo la follaba. Laura lamía como loca, metía la lengua dentro, chupaba el clítoris de su hermana mientras yo la taladraba tan fuerte que el colchón crujía.
Blanca se corrió encima de la boca de Laura, chorros y chorros que Laura tragaba y escupía al mismo tiempo. Yo saqué la polla del coño de Laura y se la metí a Blanca en el culo sin avisar, hasta el fondo. Ella gritó, se agarró a los barrotes de la cama y empujó hacia atrás como una loca.
Follé a Blanca en el culo mientras Laura se metía debajo y me chupaba los huevos y el perineo cada vez que salía. Luego saqué, apunté abajo y se la metí a Laura en el coño otra vez, alternando, sin limpiarme, pasando de un agujero a otro hasta que las dos estaban llorando de placer.
No pude más.
Avisé con un rugido y me corrí dentro del coño de Laura, tan fuerte que sentí los chorros golpearle las paredes. Blanca se bajó de inmediato, abrió el coño de su hermana con los dedos y lamió toda mi leche que salía a borbotones. Luego subió y me besó con la boca llena, pasándome mi propia corrida mezclada con los jugos de las dos.
Nos quedamos los tres tirados en el colchón, temblando, sudados, con el corazón a mil. Laura tenía mi corrida chorreándole por el coño y el culo. Blanca tenía el coño hinchado y rojo de tanto lamer y follar. Yo apenas podía moverme.
Entonces Blanca se levantó, fue hasta la puerta, la abrió de golpe. Había más de veinte personas mirando desde el pasillo, algunos ya corriéndose en la mano solo de vernos.
Con la voz rota, empapada en sudor y sexo, dijo:
—La sala queda abierta. El que quiera entrar… paga con la lengua o con la polla.
Laura y yo nos miramos. Sonreímos.
La noche apenas empezaba.
Comentarios
Publicar un comentario