Las hermanas I (1993)

Era una de esas noches calurosas de verano en la Costa del Sol, en uno de esos clubes privados de antifaces donde nadie es quien dice ser. Blanca me había convencido de ir: “Vamos a jugar, cariño, sin nombres, solo cuerpos”. Ella llevaba meses arrastrándome a ese mundo después de que su hermana pequeña, Laura, me contara (entre gemidos, mientras me la follaba en el coche) todos los secretos de Blanca. Yo ya estaba dentro hasta el fondo: follaba a Laura a escondidas en la oficina, en su casa cuando los niños estaban con el padre, y ahora también follaba a Blanca siempre que podía. Las dos sabían que me tiraba a la otra, pero nunca lo hablaban abiertamente. Era nuestro juego sucio.


Aquella noche entramos por separado. Regla del club: antifaces negros obligatorios, luces tenues, música profunda y mucho alcohol. Blanca desapareció entre la gente nada más llegar. Yo me tomé dos copas y ya noté cómo me miraban. Una mujer alta, con un vestido rojo que apenas tapaba nada, se me acercó y, sin decir palabra, me metió la lengua hasta la garganta. La reconocí por el olor: era Blanca. Su voz ronca susurró en mi oído: “Hoy no soy tu novia, soy una desconocida que te va a destrozar la polla”. Me llevó de la mano a una de las salas oscuras, casi sin luz, solo velas rojas y cuerpos moviéndose.


Allí estaba la otra pareja. Él era un tío grande, con pinta de ejecutivo reprimido, antifaz negro y una erección evidente bajo los pantalones. Ella… joder, ella era Laura. Lo supe nada más tocarla. El mismo culo redondo, las mismas tetas firmes que había mamado cientos de veces. Pero nadie dijo nada. El juego era el anonimato.


Empezamos. Blanca se arrodilló delante del desconocido y le sacó la polla despacio. Era gruesa, venosa, y él gimió como una perra cuando Blanca se la tragó hasta la garganta. Yo, mientras, tenía a Laura pegada a mí, besándome con furia, mordiéndome el labio. Le bajé el vestido y le comí las tetas como un animal. Ella jadeaba, me arañaba la espalda.


Luego vino el intercambio.


El desconocido me miró, se lamió los labios y se arrodilló delante de mí. No dijo nada, solo abrió la boca y se tragó mi polla hasta el fondo. Era bisexual, pasivo total, y se le notaba que disfrutaba humillándose. Yo, que nunca había hecho algo así, me puse como una piedra al verlo chupar mientras su mujer (mi Laura) miraba excitada.


Blanca se acercó a Laura gateando. Empezaron a besarse. Primero suave, luego salvaje. Se reconocieron por el sabor, por el olor, por cómo se tocaban. Hubo un segundo de tensión… y después una risa baja, pervertida.


—¿Eres tú, zorra? —susurró Blanca, mordiendo el labio de su hermana pequeña.


—Y tú, puta mayor, ¿trayendo a mi amante? —respondió Laura, metiendo dos dedos dentro del coño depilado de Blanca.


No pararon. Se excitaron el triple.


Se tumbaron en el sofá de cuero, una encima de la otra, en un 69 brutal. Blanca comiéndose el coño de Laura como si llevase años deseándolo (y seguramente era así), y Laura lamiendo el clítoris hinchado de su hermana mayor mientras se retorcía de placer. Yo las miraba, con la polla fuera, dura como hierro, mientras el marido de turno (el cornudo bisexual) se masturbaba viendo la escena y gimiendo mi nombre sin saber que era yo.


Me acerqué. Primero metí la polla en la boca de Blanca mientras ella lamía a Laura. Luego en la de Laura, que casi se ahoga de gusto. Después las separé un poco y empecé a follarme a Blanca desde atrás, fuerte, profundo, como a ella le gusta, mientras Laura le comía el culo y los huevos me rozaban su cara.


—Fóllatela, cabrón —me dijo Laura, metiéndose dos dedos ella sola—. Fóllame a mi hermana como me follas a mí en su casa cuando cree que estoy trabajando.


Blanca gemía como loca, empujando el culo contra mí.


—Y tú, zorra —le dijo a Laura—, ven aquí y chúpame el clítoris mientras me parte en dos.


Laura obedeció. Se colocó debajo, lamiendo la unión de mi polla con el coño de Blanca, tragándose los jugos de su hermana y mis embestidas. El cornudo no aguantó más: se corrió en el suelo mirando, temblando, sin que nadie le tocara.


Yo seguí. Cambié. Saqué la polla chorreando del coño de Blanca y se la metí a Laura hasta el fondo, de un solo golpe. Ella gritó, se agarró a los pechos de su hermana y se corrió casi al instante, apretándome con el coño como una virgen.


Blanca se puso encima de mi cara, restregándome su coño empapado mientras yo follaba a Laura sin parar. Las dos hermanas se besaban, se mordían los labios, se decían guarradas.


—Siempre supe que acabaríamos así, las dos compartiendo la misma polla.


—Y yo siempre quise comerte el coño mientras te follaban, hermana.


Me corrí dentro de Laura, llenándola hasta que me chorreado por los muslos. Blanca se bajó, lamió todo lo que salía de su hermana pequeña y luego me besó con mi propia leche en la boca.


El cornudo miraba, temblando de excitación, con la polla otra vez dura y sin tocarse.


Nos quedamos los tres (las dos hermanas y yo) abrazados, sudorosos, riendo bajito, mientras él se quedaba en la esquina, feliz de ser el cornudo anónimo de la noche.


Salimos del club de madrugada. Blanca y Laura iban del brazo, riéndose, mirándome con ojos de putas satisfechas.


Desde entonces, ya no hace falta club ni antifaces. Ahora follamos los tres cuando queremos. Y el cornudo… bueno, a veces lo invitamos a mirar.

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