Tease & Denial (2002)
No recuerdo como llegué allí, estaba en la suite del ático de Abigail, completamente desnudo, muñecas y tobillos atados a una silla de terciopelo negro con cuerdas de seda roja que Abigail misma anudó antes de empezar. Las ataduras eran firmes pero no cortaban; solo recuerdan, a cada movimiento inútil, que no voy a tocar, no voy a correrme, no voy a hacer nada más que mirar y sufrir de la forma más deliciosa.
Abigail me mira una última vez antes de empezar. Se pasa la lengua por los labios, sonríe con esa mezcla de dulzura y crueldad que me vuelve loco y susurra solo para ti:
«Esta noche vas a aprender lo que es querer tanto que duela… y no poder tenerlo.»
Después se gira hacia ellas y ya no vuelve a mirarme.
Ana, una diosa de ébano de cuerpo flexible, ligero, poco pecho y mucho fuego, y Angelica, una australiana que acudía a mi oficina casi todas las semanas y que tenía unos ojos claros como el cielo azul y unos pechos grandes y espectaculares, un cuerpo voluptuoso que elevaba el deseo a cotas inalcanzables. Allí están las dos de rodillas en la alfombra, desnudas salvo por unos delicados collares de cuero negro que Abigail les ha puesto. En el centro de cada collar cuelga una pequeña argolla plateada. Abigail coge dos correas finas de cuero, las engancha a las argollas y las guía como si fueran sus mascotas favoritas hasta colocarse justo delante de mi, a menos de dos metros. Lo suficientemente cerca para que vea cada gota de sudor, cada temblor, cada contracción… pero imposible de alcanzar.
Abigail se queda de pie entre ellas, majestuosa. Lleva solo un arnés negro con un dildo de silicona translúcida que brilla bajo la luz tenue. Se agacha un poco, coge a Ana por el pelo y la obliga a mirar hacia mi.
«Míralo. Mira lo duro que está y lo quieto que tiene que quedarse.»
Ana obedece, me clava los ojos oscuros mientras Abigail le mete dos dedos en la boca. Ana los chupa con avidez, gimiendo bajito, sin dejar de mirarme. Siento cómo me palpita la polla, cómo gotea ya el precum, pero las cuerdas me impiden hasta cerrar las piernas.
Abigail suelta a Ana y hace lo mismo con Angelica: le mete los dedos hasta el fondo de la garganta hasta que le lagrimean los ojos. Luego las pone a las dos a cuatro patas, culos en alto, caras casi tocándose, mirando directamente hacia mi.
«Quiero que él vea bien lo que os voy a hacer.»
Se coloca detrás de Ana primero. Escupe sobre su ano, frota la punta del dildo y empuja despacio, centímetro a centímetro. Ana abre la boca en un grito silencioso, los ojos en blanco, y veo cómo su espalda se arquea y sus dedos se clavan en la alfombra. Cuando Abigail está completamente dentro, empieza a moverse: lento al principio, luego cada vez más rápido, más profundo. Cada embestida hace que el cuerpo de Ana se desplace hacia delante y su cara quede a centímetros de la de Angelica.
Angelica no puede esperar. Se inclina y empieza a lamerle el clítoris a Ana mientras Abigail la folla por detrás. El sonido es brutal: carne chocando, gemidos ahogados, la respiración pesada de las tres. Yo tan cerca que siento el calor que desprenden sus cuerpos, huelo el sexo en el aire, veo cada contracción del culo de Ana alrededor del dildo.
Abigail se retira de golpe. Ana suelta un gemido de frustración que suena casi como un llanto. Abigail sonríe, se coloca detrás de Angelica y repite la operación: escupe, empuja, entra hasta la base de una sola estocada. Angelica grita, la cabeza echada hacia atrás, y Ana, sin que nadie se lo ordene, se gira y empieza a comérselo todo: lengua en el clítoris de Angelica, dedos en su propio coño, ojos fijos en mi.
Ahora el ritmo es salvaje. Abigail alterna: unas cuantas embestidas brutales en Angelica, se sale, mete el dildo empapado en la boca de Ana para que lo limpie, luego vuelve a follar a Angelica. Cada vez que cambia, ellas gimen más alto, más desesperadas. Noto cómo me tiemblan las piernas, cómo intento mover las caderas en el aire buscando un roce que nunca llega.
Abigail se detiene un segundo. Se acerca a mi, se agacha hasta quedar a la altura de mi polla palpitante y me susurra al oído sin tocarme:
«Mira lo que voy a hacerles ahora… y recuerda que tú no vas a correrte hasta que yo lo decida.»
Se aparta y coge un vibrador pequeño con control remoto. Lo enciende, lo mete dentro de Ana hasta el fondo y lo deja ahí en modo pulsos altos. Ana se dobla inmediatamente, gritando, intentando cerrar las piernas pero Abigail se lo impide agarrándole los muslos.
Luego hace lo mismo con Angelica: otro vibrador, mismo nivel. Las dos están ahora temblando, al borde del colapso, sin poder correrse porque Abigail tiene los mandos y juega con la intensidad como si fuera una sinfonía.
Las pone cara a cara, de rodillas, pechos pegados. Les ordena besarse. Lo hacen con hambre, lengua contra lengua, saliva cayendo por las barbillas. Abigail se coloca detrás de las dos y empieza a azotarles el culo con la mano abierta, primero suave, luego cada vez más fuerte. Cada golpe hace que sus cuerpos se empujen uno contra el otro y que los vibradores se muevan dentro de ellas.
Veo las marcas rojas apareciendo, escucho los gemidos que se convierten en súplicas. Ana es la primera en romperse: se corre gritando contra la boca de Angelica, el cuerpo convulsionando tan fuerte que casi cae. Abigail sube la intensidad del vibrador de Angelica al máximo y la obliga a mirarme mientras se corre también, lágrimas de placer en los ojos, gritando mi nombre sin querer.
Cuando terminan, las dos quedan tiradas en la alfombra, temblando, jadeando. Abigail se acerca a mi muy despacio, se arrodilla entre mis piernas abiertas y me mira la polla hinchada, roja, goteando sin control.
Con voz ronca, casi un susurro:
«¿Te ha dolido mirar, amor?»
Sólo puedo asentir, la garganta seca.
Ella sonríe, se levanta, se gira hacia ellas y dice:
«Traedle un vaso de agua… y luego empezamos la segunda ronda.»
Y descubro que la noche aún está muy, muy lejos de terminar.
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