Historias de la Mili 2 (1990)
Era 1990, pleno verano en el polvorín del cuartel de artillería de la sierra. El calor era asfixiante de día y de noche apenas bajaba la temperatura. Yo ya llevaba meses en el destacamento y, entre guardias y maniobras, me había tirado a varios compañeros de reemplazo en los almacenes de munición o detrás de los camiones. Siempre rápido, sin palabras, con la adrenalina de que nos pillaran.
Aquella noche me tocaba guardia de armas con el sargento Morales, un tío de unos 35 años, moreno, curtido, con el cuerpo todavía duro del servicio y una fama de cabrón que imponía respeto. Rondábamos los depósitos cuando, sin venir a cuento, me miró fijo y me dijo bajito: “Tú eres el que se come a los quintos, ¿verdad?”. No contesté. Solo sonreí. Se acercó, me agarró la nuca y me metió la lengua hasta la garganta. En dos minutos ya tenía su polla fuera, gruesa, venosa, oliendo a sudor de todo el día. Me arrodillé entre dos palés de obuses y se la mamé como un poseso mientras él gemía contenido, mirando hacia la puerta por si venía el relevo.
Me levantó, me bajó los pantalones y me escupió en el culo. Entró de una embestida. Me folló fuerte, agarrándome las caderas, diciéndome guarradas al oído: “Te gusta la polla de mando, ¿eh, soldado?”. Me corrí sin tocarme, salpicando el suelo de cemento. Él se vació dentro con un gruñido ahogado y después me dio una palmada en el culo como quien firma un parte.
El sábado siguiente, cuando salimos de permiso, me esperaba en su Seat Ibiza a la puerta del cuartel. “Sube”, dijo solamente. Fuimos a su piso en un barrio de las afueras. Al abrir la puerta estaba ella: Samira, su mujer. Treinta años, piel morena clara, ojos negros profundos, pelo largo negro azabache y un cuerpo que quitaba el aliento: tetas grandes, cintura estrecha y un culo redondo que se marcaba bajo una falda corta. Argelina de nacimiento, española de papeles, y una mirada que prometía guerra.
Nos sirvió unas cervezas sin decir nada, pero se notaba que sabía perfectamente lo que iba a pasar. El sargento me miró y soltó: “Mi mujer quiere verte en acción”. Samira se acercó, me cogió la mano y me la puso en su teta por encima del top. Estaba dura la tía, el pezón como una bala. Empezamos a besarnos mientras Morales se quitaba la ropa y se sentaba en el sofá a mirar, ya empalmado.
La desnudamos entre los dos. Tenía el coño depilado, los labios gordos y oscuros, y ya chorreaba. Me dijo con ese acento mezclado: “Fóllame como follas a mi marido”. Me puse el condón (aún había miedo al sida) y la penetré de una vez en el suelo del salón. Gritaba en francés y en español, arañándome la espalda. Morales se acercó, se la metió en la boca y ella la tragó entera sin pestañear. La pusimos a cuatro patas: yo por detrás dándole fuerte, él por delante follándole la garganta. Gemía como una loca, pidiendo más, más rápido, más duro.
Luego cambió: se sentó encima de mí, cabalgándome mientras su marido le comía el culo. Estaba empapada, resbalaba. Me pidió que la follara por el culo y no me lo pensé. La unté con su propio coño y entré despacio. Estaba estrechísima, ardía. Gritó de placer cuando la tuve toda dentro. Morales se puso delante y se la metió otra vez en la boca. La usamos así un buen rato, turnándonos, hasta que los dos nos corrimos casi a la vez: yo dentro de su culo, él en su cara.
Se quedó tirada en el suelo, jadeando, con el semen chorreándole por la barbilla y el culo rojo de tanto cachete. Nos miró con esos ojos negros y sonrió: “Vuelve cuando quieras, soldado”.
Y volví, claro. Varias veces más, hasta que me licencié. Aún hoy, treinta y cinco años después, se me pone dura solo de recordarlo.
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