Jóvenes y sumisos (2026}
Ayer me monté una maratón de vicio que duró horas con dos twinks de 20 años, dos deportistas con cuerpos esculpidos en el gimnasio pero delgados y suaves como seda, pieles bronceadas y depiladas, abdominales que se marcan con cada jadeo, y culitos redondos, firmes y hambrientos que parecen hechos para que un macho como yo los reviente sin piedad. Los traje a mi casa después de chatear un rato en la app, prometiéndoles una sesión que les dejaría los agujeros ardiendo y la mente hecha papilla. Y joder, cumplí con creces: los tuve atados, follados, humillados y cubiertos de lefa hasta que suplicaban por más, gritando como zorras en un puticlub.
Empecé preparándolos en el salón, quitándoles la ropa despacio para ver cómo se les ponía dura solo con mis miradas. Les puse collares de perro con correas, les até las manos a la espalda con esposas de cuero negro que crujían con cada movimiento, y les separé las piernas con una barra metálica fría que les impedía cerrar los muslos, dejando sus culos expuestos como trofeos. Les unté lubricante caliente por todo: primero les masajeé los huevos, luego les metí un dedo, dos, tres, girando dentro de sus ojetes hasta que se abrían solos, chorreando jugos transparentes por los muslos. El morenito, con su agujero rosado y virgen de esa tarde, gemía bajo: “Papi, méteme más, ábreme como a una puta”. El rubio, con el culo un poco más experimentado pero igual de apretado, empujaba hacia atrás: “Sí, hazme tuyo, quiero sentirte destrozándome”.
Los llevé a la cama a rastras por las correas, los puse a cuatro patas uno al lado del otro, culos en alto como ofrendas. Me arrodillé detrás del moreno primero. Escupí un chorro de saliva directo en su ojete, que se contrajo como si me pidiera entrada, agarré mi polla gorda y dura como una barra de hierro, y empujé de una sola embestida brutal hasta que mis huevos peludos chocaron contra sus nalgas suaves con un plaf húmedo y sonoro. Gritó como una perra: “¡Joder, papi, me estás partiendo en dos, no pares, fóllame más fuerte!”. Empecé a bombear con saña, saliendo casi entero para volver a clavarla hasta el fondo, sintiendo cómo su recto se apretaba alrededor de mi rabo como un puño caliente y resbaladizo. Le daba palmadas fuertes en las nalgas, dejando huellas rojas que ardían, y él respondía empujando hacia atrás, tragándose cada centímetro con gemidos ahogados que se convertían en aullidos: “¡Más profundo, rómpeme el coño, haz que sangre de placer!”.
Mientras lo reventaba, el rubio al lado se retorcía en sus ataduras, su polla tiesa goteando precum en un charco en la sábana, suplicando con voz ronca: “Por favor, a mí también, quiero tu polla destrozándome el culo”. Cambié sin sacar, pasé al rubio de un tirón, metiéndosela entera en su agujero ya lubricado y abierto. Este berreaba más alto: “¡Ay dios, papi, me estás ensartando como a una puta barata, dame más, revuélveme las tripas!”. Le agarré del pelo corto y rubio, le eché la cabeza hacia atrás para verle la cara desencajada de éxtasis, los ojos vidriosos, la boca abierta babeando saliva, y seguí bombeando con ritmo salvaje, mis caderas chocando contra sus nalgas con un ritmo hipnótico de carne contra carne, sudor volando por todas partes.
La primera corrida llegó pronto con el moreno. Lo volteé boca arriba, le até las piernas en alto a la cabecera de la cama para que su culo quedara expuesto y elevado, como un coño listo para ser llenado. Me monté encima, le separé las nalgas con las manos y empujé hasta el fondo, sintiendo su recto palpitar alrededor de mi polla. “Abre bien ese agujero, zorra, que te voy a inundar”. Bombeé unas cuantas veces más, fuertes y profundas, y exploté: chorros gruesos, calientes y espesos de lefa blanca que le llenaron el recto hasta rebosar, saliendo por los bordes cuando seguí moviéndome un poco más para ordeñarlo todo. Saqué la polla con un pop húmedo, y vi cómo mi semen empezaba a gotear de su ojete rojo e hinchado, deslizándose lento por su perineo hasta mojarle los huevos y la sábana.
Sin darles respiro, pasé al rubio. Lo puse en la misma posición, piernas arriba, atado como un paquete, y le metí la polla pringada de lefa y lubricante directo hasta los huevos. Gritó: “¡Sí, papi, lléname como a él, hazme tu depósito de semen!”. Lo follé con más furia, sintiendo cómo su culo se contraía con cada embestida, sus músculos internos masajeándome el rabo hasta que no pude más. “Toma toda mi lefa, maricón”. Descargué la segunda corrida profunda dentro de él, chorros potentes que le llenaron el intestino, y cuando salí, el semen blanco y espeso empezó a escapársele del agujero abierto, chorreando por sus nalgas temblorosas y goteando en un hilo viscoso hasta el suelo.
Pero la sesión estaba lejos de terminar; quería más intensidad, más guarrería. Les quité las ataduras solo para reposicionarlos: los puse de rodillas frente a mí, pollas tiesas y culos goteando. “Ahora limpiad al macho que os ha rellenado”. Les metí mi polla todavía dura y pringada en la boca a los dos a la vez: el moreno chupaba la punta con lengua ansiosa, lamiendo cada gota de lefa residual, mientras el rubio me mamaba los huevos, succionando con fuerza hasta que dolía de placer. Alternaban: uno se la tragaba hasta la garganta, tosiendo y ahogándose en saliva y precum, el otro me lamía el perineo. Les hice pajas rápidas con mis manos resbaladizas, apretando sus pollas duras hasta que explotaron casi sincronizados: chorros calientes de semen que les salpicaron la cara, la lengua extendida, el pecho sudado. El moreno gritó: “¡Me corro por ti, papi, trágate mi leche!” mientras yo abría la boca y dejaba que me llenaran con sus descargas espesas y saladas, tragando parte y dejando que el resto me chorreara por la barbilla.
Para rematar la guarrería total, les ordené que se comieran la lefa que les salía de los culos uno al otro. Primero puse al rubio boca arriba, le separé las nalgas y le dije al moreno: “Mira cómo gotea mi semen de su coño, chúpalo todo, no dejes ni una gota”. El moreno se lanzó como un animal hambriento, metiendo la lengua profunda en el ojete del rubio, lamiendo el semen blanco que salía en hilos viscosos, chupando con sorbidos ruidosos y guarras, tragando mi lefa mezclada con los jugos del culo de su compañero. El rubio gemía: “¡Sí, cómeme el culo lleno de lefa, trágatela toda!”. Luego cambié: el rubio le hizo lo mismo al moreno, arrodillado detrás de él, separándole las nalgas y hundiendo la cara entera, lengua girando dentro del agujero hinchado, succionando cada chorro de semen que escapaba, lamiendo hasta los muslos para no perder nada. “Joder, sabe a ti, papi, y a su culo sucio”, dijo el rubio con la boca llena.
Y para cerrar el círculo de vicio, nos morreamos los tres con esa lefa guarra: primero ellos dos se besaron profundamente, lenguas enredadas compartiendo el semen que habían chupado de sus culos, pasándoselo de boca en boca como putas en una orgía, saliva y lefa chorreando por sus barbillas. Luego me uní: les metí la lengua a los dos, saboreando mi propia lefa mezclada con sus sabores, besos triples donde nos lamíamos las caras, nos mordíamos los labios, y nos pasábamos bolas de semen espeso de uno a otro. “Tragadlo todo, zorras, que os he marcado por dentro y por fuera”, les dije mientras nos besábamos con pasión salvaje, manos por todas partes, pollas rozándose todavía medio duras.
La sesión duró hasta que cayeron exhaustos: culos rojos, abiertos y aún goteando restos de lefa que se secaba en sus muslos, caras pringosas de semen seco y saliva, cuerpos temblando de tanto placer acumulado. Les di un último beso a cada uno, saboreando el desastre, y les solté las correas: “Idos a casa con los culos doloridos y llenos de mí, pero volved mañana, que quiero repetir y haceros gritar más alto”. Joder, qué noche... mi polla aún late recordándolo.
Comentarios
Publicar un comentario