Eagle (1998)
Era finales de los 90, año 1998, una noche de sábado en el Eagle Madrid de la calle Pelayo. El local estaba a reventar: música industrial retumbando, luces rojas tenues, olor intenso a cuero, tabaco y sudor masculino. Yo había bajado al sótano, esa zona oscura donde siempre pasaba de todo, y me quedé apoyado en una columna, excitado perdido, mirando una escena que no podía apartar la vista.
Delante de mí, a apenas unos metros, tres o cuatro tíos curtidos se lo estaban montando sin ningún pudor: uno alto con arnés y botas altas follaba a otro contra la pared mientras un tercero le comía la polla al que recibía y un cuarto se pajeaba mirando y metiendo mano donde podía. Gemidos graves, carne chocando, el típico sonido húmedo del sexo crudo… Me tenía la polla dura como una piedra dentro de los vaqueros.
De repente noté una presencia detrás. Un tío se acercó despacio, se puso a mi lado pegado a la columna. Llevaba chaqueta de cuero negro perfecta, camisa oscura, pantalones ajustados… un look algo pijo pero con esa actitud de leather que sabía lo que quería. No dijo ni una palabra. Me miró de reojo, vio mi bulto, y sin pedir permiso metió la mano, me bajó la cremallera, sacó mi polla tiesa y empezó a pajearme lento pero firme, con esa presión justa que te vuelve loco.
Yo seguía mirando la follada colectiva, respirando fuerte, sintiendo cómo su mano subía y bajaba mientras su cuerpo rozaba el mío por detrás. El placer era brutal: el morbo de la escena, la mano experta de un desconocido, el riesgo de que cualquiera nos viera… No aguanté mucho. Me corrí fuerte, chorros que cayeron al suelo pegajoso del sótano. Él siguió unos segundos más, ordeñándome hasta la última gota, y luego, como remate, se acercó y me dio un medio mordisco en el cuello, fuerte, posesivo. Sentí sus dientes y su barba rozándome la piel. Después simplemente se apartó y desapareció entre la gente, como si nunca hubiera pasado.
Todavía temblando, subí al baño de la planta baja para recomponerme. Saqué la polla para mear; la tenía morcillona, sensible, medio empalmada todavía por la adrenalina. Mientras terminaba de orinar, entró un tío alto, con bigote espeso estilo actor porno gay clásico de los 70-80 (me recordó a Richard Locke), llevaba chaps de cuero negro abiertos por delante y por detrás, botas altas y un cockring de cuero ancho que apretaba una polla larga, venosa y ya medio tiesa colgando pesada.
Me miró fijamente, sonrió con picardía, se acercó y, sin decir nada, me cogió el rabo con una mano grande y cálida. Yo me quedé quieto, dejándome hacer. Justo cuando terminé de mear, se agachó despacio y se metió mi polla en la boca. Empezó una mamada larga, profunda, maravillosa: lengua experta, garganta que tragaba hasta el fondo, succiones lentas y luego rápidas, mirándome a los ojos de vez en cuando. Era de esos que saben exactamente cómo volver loco a un tío.
No tardé en empalmarme del todo otra vez. Él seguía chupando sin prisa, disfrutando, hasta que sentí que venía la segunda corrida. Le agarré la cabeza instintivamente y me corrí dentro de su boca, chorro tras chorro. Él se lo tragó todo, sin perder una gota, lamiendo después para limpiar.
Se levantó, se pasó la lengua por los labios y me dijo con voz grave y ronca: “Me encantaría que me follaras el culo. ¿Podemos quedar algún día?”. Yo, todavía jadeando, le dije la verdad: que estaba de paso en Madrid, que solo podía esa misma noche. La realidad es que me moría de ganas de pajear esa polla larga junto a la mía, comernos la boca a morreos sucios y metérsela hasta el fondo.
Pero él miró el reloj y dijo que ya era tarde para él, que tenía que madrugar. Sacó un boli, escribió su número de teléfono en un trozo de papel que tenía en el bolsillo, me lo dio y añadió: “Llámame cuando quieras, de verdad”. Me guiñó un ojo y se marchó.
Salí del Eagle esa noche con el cuerpo temblando, el cuello marcado y ese papelito en el bolsillo. Una de las experiencias más brutales y puras que he vivido nunca en un local leather.
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