Doble Ración III (2000)
Pasaron unos días y el deseo ya era una adicción. Cada vez que salía de las putas reuniones, mis pies me llevaban solos al bar. Aquella noche de viernes el local estaba más lleno, pero los vi enseguida: Marcos y Adrián en la barra, charlando con otro tío que no conocía. Alto, fornido, unos treinta y tantos, barba corta, brazos tatuados y una camiseta ajustada que marcaba un pecho ancho y duro. Cuando me acerqué, Adrián me sonrió con picardía y me lo presentó:
«Este es Iván, mi cuñado. Está casado con mi hermana… pero ya sabes cómo son las cosas en familia».
Iván me dio un apretón de manos fuerte y una mirada directa, sin vergüenza. Tenía los ojos oscuros y una sonrisa que decía «estoy aquí para lo mismo que tú». Marcos, a su lado, ya tenía esa expresión de depredador satisfecho. En menos de media hora estábamos los cuatro saliendo hacia el loft, el aire cargado de testosterona y promesas.
Nada más entrar, la ropa empezó a sobrar. Iván se quitó la camiseta y dejó ver un torso de gimnasio: pectorales grandes, abdominales marcados, vello justo en el centro del pecho bajando hasta perderse en los vaqueros. Se notaba que estaba falto de sensaciones por cómo se dejaba tocar, cómo se mordía el labio cuando Marcos le pasó la mano por la nuca.
Empezamos en el salón amplio, con las luces bajas. Los puse a los tres de rodillas delante de mí: Marcos, Adrián e Iván, los tres osazos mirando hacia arriba mientras yo me sacaba la polla ya dura. Las tres bocas se turnaban para chuparla, lenguas peleándose, manos masajeándome los huevos. Ver a Iván, el nuevo, tragándola hasta la garganta por primera vez mientras Adrián le lamía los huevos a Marcos fue una imagen que se me quedó grabada.
Los llevé al sofá grande. Primero a Iván. Lo puse boca abajo, le abrí esas nalgas firmes y tatuadas y le comí el culo con hambre. Estaba limpio, apretado, y gemía como un puto animal cada vez que le metía la lengua hasta el fondo. Adrián se colocó delante y le folló la boca mientras Marcos me preparaba a mí con la suya, chupándome para que estuviera bien mojado.
Cuando Iván ya suplicaba, me coloqué detrás y empujé. Entré lento pero sin parar: era apretadísimo, caliente, y se contrajo alrededor de mi polla como si quisiera atraparla para siempre. Empecé a bombear fuerte, agarrándole las caderas, mientras él gruñía y empujaba hacia atrás pidiendo más. Adrián le metía los dedos en la boca para que no gritara demasiado alto.
Marcos se tumbó debajo de Iván y le chupó la polla, que goteaba como un grifo. El cuñado estaba perdido: follado por detrás, mamado por delante, y yo acelerando cada vez más hasta que sentí que iba a correrme. No quise aún. Salí y señalé a Adrián.
«Tú ahora».
Adrián se puso a cuatro patas al lado de Iván. Los tuve a los dos juntitos, culos en alto, ofreciéndose. Follé a Adrián con la misma intensidad, entrando y saliendo rápido, mientras Marcos se colocaba detrás de mí y me empezó a follar a mí. Cadena perfecta: Marcos clavándomela a mí, yo a Adrián, y Adrián metiéndole los dedos a Iván para mantenerlo abierto y cachondo.
Cambiamos otra vez. Puse a Iván de espaldas, piernas en alto, y volví a penetrarlo mirando cómo sus ojos se ponían en blanco cada vez que le daba hasta el fondo. Marcos se colocó a su lado y le folló la boca. Adrián se montó encima de Marcos, empalándose en su polla gruesa mientras yo seguía machacando a Iván.
El cuarteto se volvió puro vicio: cuerpos sudorosos chocando, gemidos graves mezclados, manos por todas partes. En un momento los tuve a los tres en la cama king: Iván y Adrián a cuatro patas, uno al lado del otro, y yo alternando entre sus culos, follando unos minutos a uno, luego al otro, mientras Marcos les follaba la boca según le tocaba.
Iván fue el primero en correrse: sin tocarse, solo con mi polla golpeándole el punto justo, descargó chorros potentes sobre las sábanas, el culo apretándome tanto que casi me corro dentro. Adrián le siguió poco después, corriéndose en la boca de Marcos mientras yo lo taladraba.
Al final, los puse a los tres de rodillas otra vez. Me pajeé furiosamente mirando esos tres culos marcados, esas tres caras cachondas, y descargué sobre sus lenguas abiertas, chorros gruesos que se repartieron entre los tres. Marcos fue el último en correrse: se pajeó mientras Iván y Adrián le lamían los huevos y se corrió sobre el pecho tatuado de su cuñado.
Nos derrumbamos los cuatro en la cama, jadeantes, riendo, cuerpos pegajosos de sudor y semen. Iván, todavía temblando, murmuró:
«Joder, Adrián… tenías razón con este tío».
Marcos me pasó la mano por el pelo y dijo bajito:
«Esto ya es una costumbre peligrosa».
Nos quedamos un rato jadeando, riendo entre dientes, con el olor a sexo y sudor impregnando todo el loft. Iván, todavía temblando de placer, me miró con ojos brillantes.
«Ahora te toca a ti», dijo con tono imperativo. «Los tres te vamos a abrir bien».
No tuve tiempo ni de responder. Marcos me agarró por la nuca y me besó con fuerza, marcando territorio. Adrián e Iván se colocaron a ambos lados, manos grandes recorriéndome el torso, pellizcándome los pezones hasta que se me puso la piel de gallina. Sentí cómo mi polla, que acababa de correrse, volvía a endurecerse solo con la anticipación.
Me llevaron a la cama king y me tumbaron boca arriba. Adrián se subió encima de mí, a horcajadas sobre mi pecho, y me metió su polla todavía húmeda en la boca mientras Marcos e Iván me abrían las piernas. Marcos empezó a comerme el culo con esa lengua experta y lenta que tiene, metiéndola hasta el fondo, girándola, preparándome. Iván, a su lado, me chupaba los huevos y la base de la polla, subiendo y bajando con la boca mientras sus dedos tatuados se unían a la lengua de Marcos dentro de mí.
Gemí con la boca llena de Adrián, que me follaba la garganta sin prisa pero sin pausa, agarrándome del pelo. Cada vez que intentaba moverme, los otros dos me sujetaban las piernas abiertas. Estaba completamente a su merced y me encantaba.
Marcos fue el primero en entrar. Se untó lubricante, se colocó entre mis piernas y empujó esa polla gruesa y venosa de una sola estocada lenta pero implacable. Gemí fuerte alrededor de la polla de Adrián, el cuerpo tensándose por el placer-dolor de sentirlo tan dentro. Marcos empezó a bombear con ese ritmo profundo y constante que tiene, cada embestida golpeándome justo donde más lo necesitaba.
Adrián salió de mi boca y se movió hacia atrás. Iván tomó su lugar: me metió su polla, más larga y curvada, hasta el fondo de la garganta mientras Marcos seguía follándome sin piedad. Sentía sus huevos chocando contra mi culo, su peso maduro y poderoso dominándome por completo.
Luego cambiaron. Adrián quería su turno. Marcos salió (dejándome un vacío que casi me hace suplicar) y Adrián se colocó detrás. Entró más rápido, con esa energía joven y salvaje, embistiendo fuerte desde el principio. Me follaba como si quisiera castigarme por haberlos abierto antes, cada golpe haciendo que mi cuerpo se sacudiera. Iván me follaba la boca al mismo ritmo, y Marcos se colocó a mi lado para que le chupara los huevos y la base de su polla todavía resbaladiza por mi culo.
El gangbang se volvió puro caos organizado. Me pusieron a cuatro patas. Iván se tumbó debajo de mí y me empalé en su polla, cabalgándolo mientras Adrián me follaba por detrás. Doble penetración otra vez, pero esta vez yo era el que estaba en medio. Sentía las dos pollas frotándose dentro de mí, separadas solo por esa fina pared, estirándome al límite. Marcos se colocó delante y me folló la boca, completando el círculo.
Los tres se turnaban sin parar: uno en mi culo, otro en mi boca, el tercero esperando su turno mientras me metía dedos o me pellizcaba los pezones. En un momento me tuvieron de lado: Marcos por detrás follándome profundo y lento, Iván por delante metiéndomela también, doble penetración lateral que me hizo ver estrellas. Adrián se pajeaba mirando, esperando su turno para volver a entrar.
Gemía sin control, el cuerpo temblando, perdido en una ola de placer que no paraba de crecer. Sentía sus manos por todas partes, sus bocas mordiéndome el cuello, los hombros, los pezones. El sonido de carne contra carne, gemidos graves, órdenes susurradas («abre más», «trágatela toda», «joder, qué apretado estás»).
Cuando notaron que estaba al límite, aceleraron. Marcos volvió a entrar por detrás, embistiendo como un animal. Adrián me folló la boca hasta el fondo. Iván se pajeaba furiosamente a mi lado.
«Nos vamos a correr dentro de ti», gruñó Marcos, y eso fue todo lo que necesité. Me corrí sin tocarme, chorros potentes sobre las sábanas, el culo contrayéndose alrededor de su polla. Marcos se hundió hasta el fondo y descargó con un rugido, llenándome de leche caliente. Adrián salió de mi boca y se corrió sobre mi cara y pecho. Iván, al verlo, se acercó y descargó también sobre mi torso, mezclándose con la de Adrián.
Me dejaron caer sobre la cama, exhausto, temblando, con el culo palpitando y semen goteando por todas partes. Los tres se tumbaron alrededor de mí, respiraciones pesadas, manos acariciándome perezosamente.
Marcos me besó la nuca y susurró:
«Ahora sí que estás preñado, cabrón».
Adrián e Iván rieron bajito, y yo solo pude sonreír, sabiendo que mi cuerpo llevaba su marca por dentro y por fuera.
Y así terminó la noche: cuatro osazos sudorosos, satisfechos y pegajosos, durmiendo enredados en esa cama king que ya olía permanentemente a sexo.
Por ahora, nadie habló de una próxima vez…
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