Doble Ración II (2000)

Al día siguiente salí de la oficina con el cuerpo todavía electrificado por la noche anterior. Apenas pude concentrarme en las reuniones; en mi cabeza solo giraba una idea fija: volver al bar, encontrarlos y esta vez invertir los papeles. Quería follarlos a los dos, abrirlos, llenarlos, marcarlos con mi semen hasta que no quedara duda de quién había ganado esa ronda.

Entré al mismo local sobre las nueve. La luz era la misma, el bajo profundo también, pero esta vez los vi nada más cruzar la puerta. Estaban en la misma mesa del fondo, con dos gin-tonics ya servidos y un tercero vacío esperándome. Marcos me miró con esa media sonrisa de quien sabe exactamente lo que viene. Adrián se mordió el labio inferior al verme. No había duda: me estaban esperando.

Nos saludamos con besos cortos pero cargados, manos que se demoraban en la cintura, en el culo. Apenas hablamos diez minutos. Marcos acercó su boca a mi oído y murmuró:  
«Adrián no ha parado de hablar de tu polla desde ayer. Y yo… bueno, yo también quiero probarla bien».  

Adrián asintió, rojo pero excitado, y añadió bajito:  
«Esta vez queremos que nos folles tú. Los dos».

No hicieron falta más palabras. Pagamos y salimos directo al loft.

Nada más cerrar la puerta, el ambiente cambió. Esta vez era yo quien tomaba la iniciativa. Empujé a Marcos contra la pared y lo besé con fuerza, mi mano bajando directa a su paquete. Ya estaba duro bajo los vaqueros. Adrián se pegó a mi espalda, me mordió la nuca y empezó a desabrocharme la camisa mientras yo manoseaba a Marcos.

Los llevé al salón y los puse de pie frente a mí.  
«Desnudaos. Despacio. Quiero veros».

Obedecieron. Marcos se quitó la camisa revelando otra vez ese torso poderoso, peludo, maduro, que me ponía loco. Adrián se despojó de la camiseta mostrando su piel morena, tatuajes y abdominales marcados. Los dos se bajaron los pantalones al mismo tiempo: Marcos con una polla gruesa, semi-dura ya, colgando pesada; Adrián con la suya tiesa, curvada hacia arriba, goteando un hilo de precum.

Me desnudé yo también. Mi polla salió dura como una barra, palpitando. Los dos la miraron con hambre.

Empecé con Adrián. Lo puse de rodillas, le agarré del pelo y le metí la polla hasta el fondo de la garganta. Gemía mientras me la chupaba con avidez, ojos acuosos, saliva cayendo. Marcos se acercó por detrás del chico, le abrió el culo y empezó a lamerlo, preparándolo. El sonido de su lengua trabajando y los gemidos ahogados de Adrián me volvían loco.

Luego cambié. Puse a Marcos de rodillas también. Los tuve a los dos lamiéndome la polla al mismo tiempo: lenguas peleándose por la cabeza, bocas turnándose para tragarla entera, manos masajeándome los huevos. Ver al hombre maduro y al chaval joven arrodillados delante de mí, compitiendo por complacerme, fue una de las imágenes más calientes que recuerdo.

Los llevé al sofá. Primero a Adrián. Lo tumbé boca abajo, le abrí bien las nalgas y le comí el culo hasta que suplicaba. Estaba tan cachondo que se empujaba contra mi lengua. Le metí dos dedos, luego tres, mientras Marcos me chupaba la polla para lubricarla. Cuando Adrián estaba bien abierto y temblando, me coloqué detrás y empujé.

Entré de una sola embestida lenta. Adrián gritó de placer, apretándome con fuerza. Empecé a follarlo con ritmo profundo, cada golpe haciendo que su cuerpo se sacudiera. Marcos se puso delante, le metió su polla en la boca al chico para que no gritara demasiado. Lo teníamos en un sándwich perfecto: yo clavándosela por detrás, Marcos follándole la garganta.

Follé a Adrián hasta que se corrió sin tocarse, chorros potentes sobre el sofá, el culo contrayéndose alrededor de mi polla. No me corrí aún. Salí, todavía duro como el acero, y miré a Marcos.

«Tu turno».

Marcos se puso a cuatro patas sin decir nada, culo en alto, ofreciéndose. Era un culo firme, musculoso, con vello oscuro. Le comí el agujero con hambre, lengua adentro, mordisqueando, pellizcando sus nalgas. Él gruñía como un animal, empujando hacia atrás. Adrián, aún recuperándose, se colocó debajo y empezó a chuparle la polla a Marcos mientras yo lo preparaba.

Cuando lo tuve bien mojado y abierto, fui metiendo mi polla poco a poco, mi glande luchaba por entrar en ese paraíso de sensaciones que era el culo de Marcos, y empujé. Era más apretado de lo que esperaba; se resistió un segundo antes de relajarse y dejarme entrar hasta la base. Gemía fuerte, voz grave, diciendo «Joder, sí, dame más».

Lo follé con fuerza, agarrándole las caderas, embistiendo hasta el fondo. Adrián le mamaba la polla desde abajo, lamiéndole los huevos cada vez que yo salía. El ritmo era brutal: Marcos temblaba, sudaba, pedía más. Podía sentir el fuego que habitaba en sus entrañas con mi rabo a pelo en su interior. Sentir su culo hambriento y apretado directamente contra mi piel fue demasiado.

Aceleré. Quería preñarlo, como había fantaseado todo el día.  
«Te voy a llenar», le dije al oído.  
«Hazlo», respondió él, voz ronca. «Lléname».

Me corrí con un gruñido animal, clavado hasta el fondo, descargando chorro tras chorro dentro de él. Sentí cómo su culo se contraía, ordeñándome. Marcos se corrió casi al mismo tiempo en la boca de Adrián, que tragó todo sin perder una gota.

No habíamos terminado. Me tumbé boca arriba, todavía semi-duro, y les dije:  
«Ahora los dos encima».

Adrián se montó primero, empalándose en mi polla resbaladiza por mi propia corrida y el lubricante. Cabalgaba como un loco, gimiendo. Marcos se puso detrás de él y, con cuidado, empezó a empujar su polla dentro del mismo agujero. Adrián gritó, pero de placer puro: doble penetración otra vez, pero esta vez yo era una de las dos pollas que lo abrían.

Nos movimos despacio al principio, luego más rápido. Adrián en medio, temblando, corriéndose otra vez entre nosotros. Marcos y yo nos besamos por encima de su hombro mientras lo follábamos a la vez, sintiendo nuestras pollas frotarse dentro de él.

Al final, los tres acabamos exhaustos en la cama king, cuerpos sudorosos y pegajosos, semen por todas partes. Marcos me acariciaba el pecho, Adrián apoyaba la cabeza en mi muslo.

«Vaya doble ración», dijo Marcos riendo bajito.

Sonreí.  
«Y todavía queda postre para la próxima».

Sabía que volvería. Y ellos también.

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