Doble Ración I (2000)

Después de un día eterno de reuniones que no acababan y correos que se multiplicaban, decidí que necesitaba desconectar. Me fui al hotel, me cambié la camisa por una más ajustada, me solté la corbata y me dirigí a ese bar de ambiente del centro que conocía bien: luces tenues, música profunda, olor a cuero y colonia cara.

Entré y pedí un gin-tonic. El local estaba animado, pero no abarrotado. Me apoyé en la barra, observando la escena, cuando noté que dos pares de ojos me seguían desde una mesa al fondo.

El mayor debía rondar los cincuenta: alto, ancho de hombros, barba perfectamente recortada con canas plateadas, camisa negra abierta lo justo para dejar ver un pecho firme y peludo. Tenía esa presencia de hombre que sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo. A su lado, un chaval de unos veinticinco: más delgado pero igual de definido, piel morena, tatuajes asomando por las mangas, mirada traviesa y una sonrisa que prometía problemas.

Se levantaron y se acercaron. El mayor se presentó primero: Marcos. Voz grave, apretón de manos firme. El joven era Adrián. Me invitaron a su mesa. Acepté sin pensarlo dos veces.

Charlamos. Marcos era arquitecto, con ese aire de autoridad tranquilo que me ponía cachondo desde el minuto uno. Adrián trabajaba con él en el estudio, “aprendiz”, dijo guiñando un ojo. La química fue inmediata: risas, roces casuales, miradas que se prolongaban. Marcos me rozaba la rodilla con la suya bajo la mesa; Adrián apoyaba el brazo en el respaldo de mi silla, sus dedos jugando con mi nuca.

Dos copas después, Marcos se inclinó y me habló al oído:  
«¿Te apetece seguir esto en casa? Vivimos a cinco minutos».

No lo dudé.

Su piso era amplio, loft industrial con grandes ventanales. Nada más cerrar la puerta, Marcos me empujó suavemente contra la pared y me besó. Beso profundo, dominante, su barba raspando mi piel mientras su cuerpo grande me aprisionaba. Adrián se acercó por detrás, me mordió el cuello y deslizó las manos por mi pecho, desabrochándome la camisa botón a botón.

Me llevaron al salón. Me quitaron la ropa despacio, disfrutando del momento. Yo hice lo mismo: la camisa de Marcos dejó ver un torso poderoso, abdominales marcados, vello oscuro bajando hasta la cintura. Adrián se desnudó rápido, revelando un cuerpo joven, duro, polla ya tiesa y gruesa apuntando hacia arriba.

Empezamos en el sofá. Marcos se sentó, me puso de rodillas entre sus piernas y me ofreció su polla: grande, venosa, cabeza brillante. La chupé despacio mientras Adrián me lamía el culo desde atrás, lengua profunda, dedos abriéndome. Gemí con la boca llena y Marcos me agarró del pelo, marcando el ritmo.

Luego me levantaron y me tumbaron boca arriba. Adrián se puso encima, me besó mientras Marcos me comía el culo con hambre, lengua y dedos preparándome. Sentí cómo Adrián se untaba lubricante y, sin prisa, me fue entrando. Gemí fuerte cuando me llenó por completo. Marcos se colocó a mi lado, me metió su polla en la boca para que no gritara demasiado.

Adrián me follaba con energía joven, embestidas rápidas y profundas. Marcos me miraba a los ojos mientras yo le mamaba, disfrutando del espectáculo. Cambiaron. Marcos me puso a cuatro patas, me abrió bien y me penetró de un solo empujón lento pero implacable. Era más grueso, me llenaba hasta el límite. Adrián se colocó delante y me folló la boca al mismo ritmo.

Follamos así un buen rato, sudando, gimiendo, cambiando posiciones. Me pusieron de lado: Adrián por detrás, Marcos por delante. Doble penetración lenta, cuidadosa al principio, luego más intensa. Sentía sus dos pollas frotándose dentro de mí, sus cuerpos apretándome, sus bocas en mi cuello, en mis pezones. Era abrumador, perfecto.

Después me monté encima de Marcos, cabalgándolo mientras Adrián me follaba el culo desde atrás, sus manos en mis caderas guiándome. Los tres nos movíamos en sincronía, respiraciones aceleradas, gemidos cada vez más altos.

Marcos fue el primero en correrse: dentro de mí, gruñendo mi nombre, agarrándome fuerte. Adrián salió rápido, se puso de rodillas y me corrió en la cara y el pecho mientras yo me pajeaba furiosamente. Me corrí casi al instante, chorros potentes sobre el abdomen de Marcos, temblando entre los dos.

Nos quedamos así un rato, jadeantes, riendo bajito. Me limpiaron con ternura, me dieron agua, me besaron. Terminamos los tres en su cama enorme, cuerpos entrelazados, manos recorriéndose perezosas.

Antes de dormirme, Marcos me susurró al oído:  
«Esto no tiene por qué ser la última vez».

Sonreí en la oscuridad. No lo sería.

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