La misma mañana después de esa noche en el Eagle, no pude aguantar más. Había pasado las horas en vela, empalmado como un puto animal salvaje, la polla palpitando sin parar, fantaseando con ese bigote espeso y áspero rozándome los huevos hinchados mientras me chupaba hasta el fondo, tragándose mi corrida caliente como un cerdo hambriento. Su cara, joder, tan clavada a Richard Locke –ese macho roto de los 70, con ojos de puta que ruega ser destrozado–, y esa polla larga, venosa, colgando pesada del cockring de cuero, goteando precum solo de pensar en ser usada como un juguete roto. Saqué el papelito arrugado, manchado de sudor de mi bolsillo, y marqué el número con la mano temblando y la verga ya tiesa, chorreando solo de anticipación.
Sonó dos tonos y contestó con esa voz grave, ronca, gutural, como un gruñido de bestia en celo que te revuelve los cojones: “¿Diga?”. Me presenté como el cabrón del baño del Eagle, el que se había corrido dos veces esa noche gracias a él, y soltó una risa baja, cachonda, reconociéndome al instante. “Andrés”, dijo, y ya supe que era un hijo de puta de los buenos: profesor universitario de día, respetado, dando clases a chavales con pinta de inocentes, pero un masoquista vicioso y adicto al dolor de noche, un cerdo que necesitaba que le reventaran la carne hasta llorar sangre y semen.
La llamada duró casi una hora, empezando con mierda normal: curros (yo contándole lo mío, él soltando que daba clases en la Complutense, literatura o historia, hablando como un señor culto), vidas de fachada… pero en nada derivamos a lo guarro, lo crudo, lo que nos ponía como animales. Me confesó sin rodeos que era un puto adicto al sufrimiento: “Necesito que me rompas la piel, que me hagas gritar hasta quedarme sin voz, que me marques con heridas que duelan al sentarme semanas”. Su voz temblaba de morbo puro mientras lo decía, y yo sentí mi polla palpitar, goteando precum en los calzoncillos.
Estaba en la estación esperando el tren, y me puse tan cachondo que tuve que meterme en los servicios públicos, esos baños sucios con olor a meados y lejía. Me bajé los pantalones en un cubículo abierto, saqué la polla dura como hierro, venosa y morada, y empecé a pajearme fuerte, a hostias, jadeando al teléfono mientras Andrés me describía cómo se metía dedos gruesos en el culo en su casa, abriéndose para mí, imaginando mi verga partiéndolo. “Córrete ahora, cabrón… quiero oír cómo gruñes mi nombre”, me ordenó con voz rota. Dos chavales entraron, me vieron meneándomela como un loco, polla chorreando, huevos contraídos, y se quedaron mirando con ojos de hambre, empalmándose en sus vaqueros ajustados. Yo deseaba que se arrodillaran y me la chuparan entre los dos, tragando mi leche mientras Andrés escuchaba mis gemidos por teléfono, pero los muy cobardes solo miraron y se tocaron por encima. Me corrí solo, chorros potentes salpicando la pared graffiteada con pollas dibujadas, gruñendo “Andrés… joder, Andrés” mientras él se pajeaba también al otro lado, jadeando “Sí, dame esa leche… guárdame más, que te voy a ordeñar hasta la última gota cuando vengas”.

Esa primera llamada fue el puto detonante de una semana de vicio telefónico diario. Llamaba todas las noches, después del curro, y nos poníamos como cerdos: él contándome cómo se azotaba solo con un cinturón pensando en mí, cómo se metía botellas o mangos de herramientas en el culo para estirarse, preparándose para que yo lo destrozara. “Soy un masoquista de verdad, nadie me ha dado el dolor que necesito para correrme como un animal”, gemía, y yo le respondía con voz de amo: “Te voy a romper, Andrés… te voy a hacer llorar sangre mientras te follo el culo abierto, te voy a mear en la boca hasta que te ahogues, te voy a azotar la polla hasta que se hinche y reviente”. Nos corrimos juntos varias veces por teléfono: él metiéndose puños improvisados, yo ordenándole que se pellizcara los huevos hasta gritar, que se orinara encima imaginando mi chorro caliente en su bigote.

Investigué como un obseso esa semana: foros oscuros de BDSM en la red de los 90, páginas con fotos reales de sesiones extremas, descargué ejemplares de la revista Drummer de internet. Absorbí todo lo que Andrés me soltaba: quería dolor que borrara cualquier límite, heridas abiertas, marcas permanentes, sumisión donde yo fuera el dios sádico que lo aniquilara y lo reconstruyera en semen y sangre. Elegimos palabras seguras (“rojo” para parar todo, “amarillo” para bajar intensidad), pero él dejaba claro: “No quiero parar… quiero que me lleves al borde y me tires”.
Al final de la semana volví a Madrid, con la polla dura todo el viaje en el tren, imaginando su culo abierto esperándome. Quedamos en el Eagle, el sitio donde nació todo. Entré y allí estaba el cabrón: alto, imponente, bigote espeso y barba recortada, chaps negros abiertos dejando ver su polla gruesa ya medio tiesa dentro del cockring ancho de cuero, botas altas relucientes que crujían al andar, camiseta ajustada marcando pectorales peludos y pezones duros como balas. Nos miramos como bestias en celo, nos acercamos y nos comimos la boca directo: morreos sucios, salvajes, lenguas enredadas chupando tabaco, whisky y deseo puro, saliva chorreando por las barbas mientras nos magreábamos las pollas duras como piedras, huevos hinchados y calientes.
Bajamos al sótano oscuro: allí, entre sombras, gemidos y olor a semen, nos volvimos locos. Le retorcí los pezones con saña hasta que gritó en mi boca, le metí tres dedos secos en el culo mientras le pajeaba la verga venosa, chorreando precum como un grifo roto. Él me mordió el cuello hasta sacar sangre, me metió mano en los huevos apretando fuerte. Otros tíos nos rodearon como hienas: manos ajenas nos sobaron el culo sudoroso, nos metieron dedos en los agujeros, nos pajearon las pollas a la vez… uno se arrodilló y nos lamió los cojones a los dos, chupando sudor y precum, pero nosotros ya estábamos en otro plano, gruñendo promesas de lo que vendría en la mazmorra.

Salimos de allí con las pollas chorreando, subimos a su coche y volamos al chalé en la sierra: un sitio perdido donde los gritos no llegan a nadie. Metió el coche en el garaje y bajamos directo al sótano. Joder, era un templo del vicio más crudo: inmenso, paredes cubiertas de láminas gigantes de Tom of Finland –machos musculosos encadenados, azotados hasta sangrar ríos, follados por grupos de vergas monstruosas sin piedad–, póster enorme de Cruising con Al Pacino acechando en cuero, dos slings colgando con cadenas pesadas, anillas oxidadas en paredes y techo, cruz de San Andrés de madera áspera con manchas antiguas de sangre, colección de dildos brutales (40 cm de grosor, con púas, formas retorcidas para rasgar carne), látigos con púas metálicas, fustas rígidas, columnas para atar de pie y azotar sin escape, jaulas de hierro estrechas para encerrar como a un perro rabioso, y zona con suelo enrejillado y desagüe grande para mear, escupir, sangrar o eyacular libremente. Todo limpio, pero impregnado de un olor denso a semen seco, sexo desesperado y sesiones desatadas de vicio, que te ponía la polla al rojo vivo nada más entrar.
Andrés cerró la puerta con llave y se quitó la camiseta con movimientos lentos, casi ceremoniales. Quedó en chaps negros abiertos por delante y por detrás, botas altas que crujían al andar y el cockring de cuero ancho que le apretaba la base de la polla y los huevos hasta hacerlos hincharse y enrojecerse. Su verga ya estaba dura, el glande morado y brillante de precum que goteaba en hilos largos hasta el suelo.
Se arrodilló frente a mí, cabeza baja, manos detrás de la espalda, y habló con voz ronca y temblorosa:
—Rómpeme, amo. Soy tu cerdo. Hazme sufrir hasta que no quede nada de mí.
Lo agarré del bigote con fuerza, tiré de él hacia arriba hasta que sus ojos se encontraron con los míos y le escupí directamente en la cara. La saliva le resbaló por la nariz y la barba.
—Hoy vas a llorar sangre, puta. Y vas a darme las gracias por cada gota.
Lo arrastré hasta la cruz de San Andrés. Le até las muñecas y los tobillos con cadenas frías y oxidadas, abriéndole las piernas al máximo. Su culo quedó expuesto, el agujero ya ligeramente enrojecido por los juegos previos que se había hecho solo. Empecé con los pezones: los pellizqué con los dedos hasta que se pusieron duros como piedras, luego les puse pinzas dentadas con muelles muy fuertes. Andrés soltó un gemido gutural, su polla dio un salto y escupió un chorro de precum que cayó al suelo.
—Más… —susurró.
Cogí el látigo de colas múltiples con puntas metálicas y empecé a azotarle la espalda. El primer golpe fue seco, el cuero chasqueó contra la piel y dejó una línea roja inmediata. El segundo fue más fuerte, el tercero abrió la piel en un verdugón que empezó a sangrar levemente. Andrés arqueó la espalda, los músculos tensos, y soltó un grito ronco que resonó en el sótano.
—¡Más fuerte, joder! ¡Revienta mi piel!
Subí la intensidad. Cada latigazo era un trueno: la espalda se llenó de cruces rojas, la sangre empezó a correr en finos hilos por los costados, mezclándose con el sudor. Le di en los muslos, en el culo, en los huevos colgantes. Cuando la pala de cuero golpeaba sus testículos hinchados, el sonido era húmedo y sordo; él gritaba y su polla se ponía aún más dura, chorreando precum como si el dolor lo excitara hasta lo imposible.
Lo desaté solo para llevarlo al sling. Lo subí y le abrí las piernas con correas hasta que el culo quedó completamente expuesto, el agujero palpitando. Escupí en mi mano y le metí tres dedos de golpe, sin lubricante, girándolos con violencia para abrirlo. Andrés gemía como un animal herido.
—Te voy a partir en dos —le dije, y saqué un dildo negro de 38 cm de largo y grosor brutal, con venas prominentes y una base ancha.
Lo empujé sin piedad. Primero la punta, luego la mitad, luego más. El agujero se resistía, se abría con un sonido húmedo y crujiente. Andrés gritaba, lágrimas corrían por su cara, pero su polla seguía tiesa, goteando. Cuando llegué casi al fondo, empecé a bombearlo con fuerza, sacándolo casi entero y metiéndolo de golpe hasta que sus gritos se volvieron roncos y entrecortados.
—¡Fóllame con eso hasta destrozarme el culo! —suplicaba.
Saqué el dildo y lo reemplacé con mi polla. Entré de una embestida, bareback, sintiendo cómo su interior caliente y ensanchado me apretaba. Lo follé como un pistón, azotándole los huevos con la mano libre cada vez que entraba. La sangre de los latigazos en su espalda goteaba por los costados del sling y caía al suelo. Él lloraba y gemía al mismo tiempo, una mezcla de dolor y placer que lo tenía al borde del colapso.
Lo bajé del sling y lo tiré al suelo de la zona de aguas. Estaba temblando, la piel de la espalda y el culo era un mapa de verdugones abiertos, sangre y moretones. Me puse encima de él, le abrí la boca con los dedos y le meé directamente dentro. Orina caliente, fuerte, llenándole la garganta hasta que tuvo que tragar o ahogarse. Parte le salía por las comisuras, mojándole el bigote y la barba.
—Bebe, cerdo —le ordené.
Después lo até de nuevo a la columna, de espaldas, y cogí el látigo más cruel: uno con tiras terminadas en pequeñas bolas de metal. Cada golpe abría heridas nuevas. La sangre corría por su espalda en riachuelos calientes. Andrés sollozaba, pero repetía entre gritos:
—Gracias… gracias… por fin…
Cuando la espalda era un desastre de carne abierta, lo desaté y lo puse a cuatro patas en el suelo empapado. Me arrodillé detrás y volví a follarlo, esta vez con saña total. Cada embestida hacía que la sangre de los latigazos salpicara. Le retorcía los pezones con pinzas, le tiraba del cockring hasta que los huevos estaban morados e hinchados. Él gritaba y empujaba hacia atrás, buscando más.
Al final, cuando sentí que no podía más, le agarré las caderas y me corrí dentro de él con fuerza, chorros calientes que se mezclaron con la sangre y el sudor. Andrés se corrió sin tocarse, eyaculando en el suelo mientras su cuerpo convulsionaba en espasmos. Se derrumbó, exhausto, temblando.
Entonces empezó el cambio. Me arrodillé a su lado, lo abracé con cuidado, evitando tocar las heridas abiertas. Le susurré al oído:
—Lo has hecho increíble, Andrés. Eres un puto guerrero.
Lo ayudé a levantarse despacio, lo llevé a un rincón con un sofá y mantas. Le limpié la sangre con toallas húmedas y agua tibia, aplicando antiséptico en cada corte con mucho cuidado. Le puse una manta suave encima, le di agua y luego un poco de chocolate para que recuperara azúcar. Le masajeé los hombros y las piernas con movimientos lentos, hablándole en voz baja:
—Respira… ya pasó. Estás a salvo. Lo hiciste muy bien.
Nos quedamos abrazados un buen rato. Él apoyó la cabeza en mi pecho, todavía temblando un poco, pero con una calma profunda en la cara. Le besé la frente, le limpié las lágrimas secas y le acaricié el bigote con ternura.
—Gracias… —susurró—. Nunca nadie me había llevado tan lejos.
Permanecimos así hasta que su respiración se volvió regular. Luego lo ayudé a subir a la planta de arriba, a su cama. Le puse una pomada calmante en las zonas más sensibles y me quedé con él hasta que se durmió. A la mañana siguiente le preparé café y desayuno, revisé las heridas para asegurarme de que no infectaran y hablamos tranquilamente, como dos personas que acababan de compartir algo muy intenso y muy real.
Fue una noche de extremos: crueldad sádica absoluta y después cuidado absoluto. Andrés por fin había encontrado lo que buscaba. Y yo… yo había descubierto un lugar oscuro en el que los demonios vivían y me hacían sentir muy vivo controlando cada golpe, cada humillación, ejerciendo un ejercicio agotador de control, confianza y complicidad.
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