Torremolinos (2025)

El vuelo desde Madrid a Torremolinos era uno de esos trayectos cortos que suelen pasar desapercibidos, pero joder, esta vez fue todo lo contrario. Me senté en mi asiento de ventanilla, y al poco rato, dos tíos enormes, con pinta de osos totales –barbudos, peludos, con camisetas ajustadas que marcaban sus pectorales y barrigas duras– se acomodaron a mi lado. Eran de Torremolinos, venían de una escapada rápida a la capital, y desde el primer saludo ya noté la química. Uno se llamaba Raúl, morenazo con ojos negros que te taladraban, y el otro, Paco, rubio teñido con una barba espesa que le daba un aire de vikingo cachondo. Empezamos a charlar de tonterías, pero pronto la conversación derivó en coñas sobre el calor del sur y lo "calientes" que nos poníamos con el verano. Sus miradas se clavaban en mi paquete, y yo no podía dejar de imaginarme sus bocas devorándome.

El avión no había despegado del todo cuando ya estábamos rozándonos las piernas "por accidente". Raúl, el que estaba más cerca, me puso la mano en el muslo disimuladamente, y sentí cómo mi polla se endurecía al instante. "Tío, estás que ardes", me susurró al oído, y Paco, desde el otro lado, sonrió con picardía mientras se ajustaba el bulto en los pantalones. No aguantamos ni media hora: me levanté con la excusa de ir al baño, y Raúl me siguió sin disimulo. El servicio era estrecho, pero eso solo lo hacía más morboso. Me bajé los pantalones de un tirón, y mi rabo saltó tieso como una barra de hierro. Raúl se arrodilló sin decir palabra, abrió la boca y se la tragó entera, chupando con una hambre de lobo. Su lengua jugaba con mi capullo, lamiendo el precum que ya me salía a chorros, mientras sus manos me masajeaban los huevos. Gemí bajo, mordiéndome el labio para no alertar a nadie, pero joder, qué mamada. Me corrí en su garganta en menos de cinco minutos, y él se lo tragó todo, relamiéndose como si fuera néctar.
Al aterrizar en Torremolinos, el ambiente estaba cargado de tensión sexual. Recogimos el equipaje rápido, pero en vez de salir, Paco nos arrastró a los baños del aeropuerto, que estaban vacíos a esa hora. "Aquí nadie nos molesta", dijo con una voz ronca que me puso la piel de gallina. Nos metimos en el cubículo más grande, y la cosa explotó. Me quité la ropa de un plumazo, y ellos hicieron lo mismo: dos cuerpos peludos, pollas gordas y venosas apuntando al techo, listos para la guerra. Paco se apoyó en la pared, abrió las piernas y me miró con ojos de puta: "Fóllame, cabrón". No me lo pensé dos veces: escupí en mi polla, la unté bien y se la clavé de una estocada. Gritó de placer, y empecé a bombearle el culo con fuerza, sintiendo cómo sus músculos me apretaban. Mientras tanto, Raúl se colocó detrás de mí, me separó las nalgas y me metió su verga enorme sin piedad. Joder, qué dolor-placer: yo follando a Paco mientras Raúl me reventaba el ojete. Nuestros gemidos rebotaban en las paredes, el olor a sudor y sexo nos envolvía.
No tardé en correrme dentro de Paco, llenándole el culo de leche caliente, y casi al mismo tiempo, Raúl explotó en mi interior, inundándome con su semen espeso. Pero no paró ahí. Paco, aún jadeando, me empujó contra la pared, me dio la vuelta y me la metió de nuevo, usando mi propio semen como lubricante. "Ahora te reviento yo, puto", gruñó, y empezó a follarme como un animal, sus pelotas chocando contra las mías. Me corrí otra vez solo con eso, y él no tardó en unirse, descargando una segunda ronda que me dejó el culo rebosando de lefa. Salía a chorros por mis muslos, caliente y pegajosa.
Los dos osos se arrodillaron entonces, como si lo tuvieran planeado. Raúl me abrió las nalgas, y Paco hundió la lengua en mi agujero dilatado, lamiendo y chupando la mezcla de sus leches. Raúl se unió, turnándose para comerme el culo, tragándose todo lo que salía, gimiendo de gusto. "Qué rica, joder", decían entre lametones. Cuando terminaron, nos levantamos y nos morreamos los tres: lenguas enredadas, bocas llenas de semen compartido, besos profundos y babosos donde nos pasábamos la lefa de uno a otro. Sabía a vicio puro, a polla y sudor.
Salimos del baño con las piernas temblando, intercambiamos números y prometimos repetir en Torremolinos. Fue un encuentro brutal, de esos que te dejan el cuerpo marcado y la mente en llamas. Si estás en el sur y buscas osos calientes, ya sabes: el aeropuerto es el paraíso. 
¿Quién se apunta al próximo vuelo?

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