Sauna Paraíso II (1998)
Entré a Paraíso con la polla ya latiendo dentro del pantalón. Bajé al cuarto oscuro y la oscuridad me tragó. Olía a seco, lujuria y vicio. Me quité la toalla de un tirón y empecé a andar desnudo, la verga tiesa rozándome el muslo.
De pronto choqué con un culo bajito, redondo y empapado en lubricante. El tío estaba pegado a la pared, temblando de ganas. Le metí dos dedos sin avisar: resbalaban solos, el cabrón llevaba horas abierto y listo. Saqué los dedos, los chupé delante de él y le clavé la polla de un solo empujón brutal. Se le escapó un grito ahogado que se perdió entre los jadeos de la sala. Empecé a bombearle como un animal, agarrándole las caderas hasta dejarle marcas.
Y entonces lo sentí: una mano grande, fuerte, que me abrió las nalgas y una tranca de caballo apoyándose en mi agujero. Un cubano mulato, alto, piel morena brillante de sudor, con una polla larga, gorda y venosa que parecía un arma. Me susurró al oído con ese acento que quema: «Te voy a romper, papi». Y empujó.
Me atravesó de una. Me quedé sin aire, con la boca abierta y los ojos en blanco mientras él me taladraba y yo seguía clavado en el culo del bajito. Cada embestida suya me hacía follar más hondo al otro. Era una máquina perfecta de carne: yo en medio, empalado y empalando, temblando de placer.
Pero yo no había venido a ser la puta de nadie.
En cuanto salimos del pasillo oscuro, lo agarré del cuello, lo arrastré hasta las duchas abiertas y lo estampé contra la pared de azulejos. El agua caía caliente y el vapor lo llenaba todo.
Le di un guantazo seco en la cara que sonó como un latigazo.
«Ahora te toca tragar, cubano».
Lo tiré de rodillas al suelo mojado. Le agarré el pelo con las dos manos y le metí la polla hasta la campanilla sin piedad. Le follé la garganta como si quisiera romperle la campanilla: entraba y salía cubierta de babas, él se atragantaba, lloraba, pero sus ojos me pedían más. Le escupí en la cara, le di otro hostiazo, otro más, hasta que sus mejillas ardieron.
Lo levanté de un tirón, le di la vuelta, le abrí las nalgas con violencia y le clavé la polla hasta el fondo de una sola estocada salvaje. Gritó. Le tapé la boca con la mano y empecé a bombear como un loco, agarrándole el cuello, mordiéndole el hombro hasta hacerle sangre. Cada vez que empujaba le llegaba hasta el estómago; sus piernas temblaban, se le aflojaban las rodillas.
Le tenía completamente sometido.
Cuando noté que ya era mío del todo, me saqué, le obligué a abrir la boca hasta desencajarla y empecé a mearle encima: un chorro caliente, fuerte, directo a la cara, al pelo, a la lengua abierta. Él tragaba como un poseso, gimiendo, con la polla latiendo sin tocarse. Le metí la polla otra vez en la garganta mientras seguía meando; se ahogaba en mi orina y aun así lamía.
Le di dos hostias más, fuertes, que le dejaron la cara hinchada y brillante.
«Mírame, puta».
Y me corrí. Un chorro tras otro, espeso, caliente, directo a su garganta. Le llené la boca hasta que le rebosó por las comisuras y le chorreó por el pecho moreno. Él se tragó todo, temblando, con los ojos vueltos del gusto.
Cuando terminé, le di un último azote en la cara que resonó en toda la ducha, le escupí en la boca abierta y le dije:
«Límpiala».
Me la chupó hasta dejarla brillante, mirándome sumiso desde abajo.
Me di la vuelta, me enjuagué la polla bajo el agua y me largué dejándolo de rodillas, temblando, con la cara marcada, la boca llena de mi leche y mi meada chorreándole por el cuerpo.
Salí de Paraíso con el culo del bajito todavía palpitándome en la memoria… y con la certeza de que el cubano no iba a olvidar mi polla en la vida.
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