La playa nudista (2018)
Era uno de esos días perfectos de verano en una playa nudista cerca de Tarragona. Dan había venido a España unos días más y decidimos escaparnos del bullicio de Madrid para pasar un fin de semana solos, al aire libre, sin ropa y sin límites.
Llegamos temprano, extendimos las toallas en una zona algo apartada entre dunas, donde había pocos curiosos. Dan se quitó todo en segundos: sombrero cowboy negro aparte, camiseta, shorts… y ahí estaba ese cuerpo de daddy australiano bronceado, músculos marcados, polla gruesa colgando pesada y culo completamente depilado, suave y redondo como una invitación permanente.
Yo hice lo mismo y nos untamos crema solar mutuamente, sin prisa. Mis manos recorriendo sus pectorales duros, sus abdominales, bajando hasta esa polla que ya se medio empalmaba con solo tocarla. Él me masajeaba la espalda, el culo, metiendo dedos juguetones mientras me decía con esa voz grave: “I’ve been thinking about your cock inside me all week, mate”.
Pasamos la mañana tumbados, bebiendo cervezas frías, hablando guarradas y mirando al mar. De vez en cuando él se ponía boca abajo y yo le azotaba el culo discretamente, dejando marcas rojas que él disfrutaba enseñando cuando se giraba. Algunos tíos pasaban cerca y miraban, pero a nosotros nos ponía más cachondos todavía.
Sobre las tres, cuando la playa estaba casi vacía por la hora de comer, la tensión ya era insoportable. Dan se giró boca arriba, polla totalmente dura apuntando al cielo, y me miró con cara de puta: “Fuck me here. Raw. Now”.
No hizo falta decir más. Me puse de rodillas entre sus piernas, le abrí bien los muslos y empecé mordiéndole los pezones con fuerza hasta que gemía alto. Bajé mordiendo cuello, pecho, abdomen, hasta llegar a su polla. Se la chupé profundo un rato, pero él me empujó la cabeza hacia abajo: “No, eat my hole first”.
Le levanté las piernas, le abrí ese culo depilado perfecto y le comí el agujero como un loco: lengua dentro, dedos, escupiendo, abriéndolo hasta que suplicaba. Estaba tan mojado de saliva que brillaba al sol.
Me coloqué encima, escupí en mi polla y empujé despacio pero sin parar, directo al fondo. Dan soltó un gemido gutural que seguro se oyó en media playa, pero nos daba igual. Empecé a bombearle fuerte, agarrándole las caderas, azotándole el culo sin parar con cada embestida: palmadas secas que resonaban y dejaban su piel roja viva.
Él se retorcía de placer, agarrándose las piernas para abrirse más, diciendo entre jadeos: “Harder… wreck me… breed your daddy”. Le mordí el cuello hasta dejarle marca, le pellizqué y retorcí los pezones mientras le daba cada vez más rápido y profundo.
Cambiamos: lo puse a cuatro patas en la toalla, culo en pompa hacia el mar, y volví a entrar de una. Le azoté sin piedad, una mano en su nuca empujándolo contra la arena, la otra marcándole el culo hasta que estaba ardiendo. Él empujaba hacia atrás como un animal, pidiendo más.
Al final lo tiré boca arriba otra vez, le doblé las piernas contra el pecho y le metí a fondo mirando cómo su cara se deshacía de placer. “Cum inside me”, me suplicó. Apreté, gruñí y me corrí dentro fuerte, llenándolo hasta que sentí mi leche chorreando cuando seguí moviéndome. Él se corrió sin tocarse, eyaculando chorros altos sobre su propio pecho y cara mientras temblaba entero.
Nos quedamos jadeando un rato, mi polla aún dentro, besándonos sucios con sabor a sal y sexo. Después nos metimos al agua para limpiarnos, riéndonos como críos, y él con mi corrida todavía saliéndole por el culo.
Pasamos el resto de la tarde tumbados, él con el culo dolorido y feliz, yo marcándole el cuello con más mordiscos. Fue una de las folladas más salvajes y libres que hemos tenido.
Cada vez que veo una playa nudista, pienso en ese día con mi australiano convertido en la puta más entregada del Mediterráneo.
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