La inagotable calentura (1985)

Semanas después de esa primera vez que me dejó temblando, con el culo ardiendo de ganas y la cabeza hecha un puto lío, ya era un adicto perdido a la sala X. Lo que empezó como “solo una vez, para probar” se convirtió mi vida en una puta obsesión: tres, cuatro veces por semana iba al cine x con la polla ya dura como una piedra dentro de los vaqueros, latiéndome contra la cremallera, el corazón aporreándome las costillas llegaba, pagaba mi entrada y me dirigía a mi sitio habitual, dónde ya me empezaba a hacer famoso por dejarme pajear. Con el paso del tiempo además me aventuraba a experimentar en los urinarios, donde había glory holes que, a pesar de los olores a semen rancio, sudor y lejía barata, me ponían más cachondo todavía. Entraba directo a uno de los servicios con puerta pero sin cierre,  me bajaba los pantalones y los calzoncillos de un tirón y me sacaba la polla dura y húmeda metiéndola en ese agujero glorioso en el que siempre encontraba placer. 

A veces estaba tan cachondo y desesperado que en voz alta decía: «venid a mamar esta polla hetero hasta que os atragantéis con mi leche espesa», gruñía entre dientes mientras me bombeaba la base para que no se me bajara ni un milímetro. Y venían. Siempre venían. Lenguas calientes, bocas hambrientas que se la tragaban entera hasta la garganta, gargantas que se contraían alrededor de mi glande mientras me ordeñaban el rabo. Sentía mi polla restregarse contra caras anónimas, gemidos de vicio y arcadas de los que querían tragar más allá de la garganta. Yo solo podía empujar más adentro y gritar: «¡Toma, zorra! Bébetelo todo, no dejes ni una gota, joder!». Me corría a chorros tan fuertes que me temblaban las piernas, salía con el pantalón empapado en la entrepierna y me juraba que era la última vez… hasta la siguiente visita.

Un jueves, después de la tercera mamada de la tarde —un abuelo barbudo que me había vaciado las pelotas como si quisiera arrancármelas—, me estaba subiendo la cremallera con la polla todavía palpitando cuando escuché esa voz al otro lado del agujero. Grave, tranquila, con clase: «Joder, chaval, qué polla más rica. Dulce, gorda, perfecta. Si quieres más que este agujero sucio, sal y tómate una copa conmigo. Me llamo Raúl. No muerdo… salvo que me lo supliques». Me quedé paralizado. Sabía quién era: lo había visto de refilón, un tío de cuarenta y tantos, traje caro, culo duro, barba bien recortada y ojos verdes que te follaban solo con mirarte. Me temblaba todo. «Solo una copa, gilipollas… sigues siendo hetero», me mentí. Y salí.

Salimos y el aire frío de la calle me despejó de mi calentura, pero no lo suficiente como para salir huyendo. Me llevó a un bar cutre pero oscuro, pidió dos dobles de bourbon y se sentó frente a mí. Yo bebía como si quisiera ahogarme. Él hablaba y yo solo podía pensar en su boca en mi polla hacía un rato. «Se te ve en los ojos, chaval. Ese brillo de hetero confundido que se muere por más. Yo también fui así… hasta que un tío me abrió el culo y ya no pude volver atrás». Me ardía la cara. El alcohol me quemaba la garganta y me bajaba directo a la polla. «No sé qué me pasa, Raúl… me corro como un puto animal cada vez que me la chupan ahí dentro, pero ya no me basta. Quiero más. Quiero… joder, no sé». Su mano subió por mi muslo por debajo de la mesa y me apretó la polla dura. «Entonces ven a casa y te doy todo lo que ese agujero no puede darte».

Tres bourbons más y ya estaba perdido. En el taxi iba con su mano dentro de mis vaqueros, pajeándome despacio. Llegamos a su ático, cerró la puerta y me estampó contra la pared. Me comió la boca como si quisiera devorarme vivo, su barba raspándome, su lengua follándome la garganta. «Sabes a alcohol y a corrida reciente, puto vicioso. Desnúdate. Quiero verte entero antes de tragarme esa polla mirándote a los ojos». Me arrancó la ropa, yo le arranqué la suya. Su pecho peludo, sus tatuajes, sus pezones duros… le pellizqué uno y gruñó. «Joder, Raúl, estoy tan borracho y tan cachondo que me duele Tócala, métetela hasta el fondo, hazme gritar».

Me tiró en la cama, se puso de rodillas entre mis piernas y me lamió desde el culo hasta la punta como un puto animal. Me metió la lengua en el agujero un segundo y casi me corro ahí mismo. Mi culo era una fuente de placer bajo la batuta de su lengua, boca y dedos. Me comió las bolas, se las metió enteras en la boca, me pajeaba tan fuerte que sentía un vigor en mi polla como nunca antes había sentido. «Ahora te toca a ti. Chúpame esta polla como si te fuera la vida en ello». Se puso encima en 69, su verga gruesa, curvada, con un piercing goteando me rozó los labios. Olía a hombre, a sudor y a sexo. Abrí la boca y me la metí hasta que me llegó a la campanilla. Sentir ese trozo de carne dura en mi garganta me excitó más, tanto que casi me dan arcadas con el ímpetu de mi mamada.

Nos follamos la boca como salvajes. Él me tragaba la polla entera, me llegaba hasta las pelotas, se ahogaba con ella mientras yo intentaba hacer lo mismo con la suya. Mi torpeza duró poco, de algo me servía ser un pornófilo redomado. El piercing me rozaba el paladar, su precum sabía a vicio puro. Me agarró del pelo y me folló la cara sin piedad. «¡Toma, cabronazo! Te voy a llenar la garganta de leche madura hasta que te salga por la nariz!». Yo solo podía gemir con su polla dentro. Sólo quería su leche para disfrutarla.

Me corrí primero, gritando como un loco mientras le inundaba la garganta con chorros gordos y calientes. Él no paró, siguió chupando hasta sacarme hasta la última gota. Luego se tensó, me agarró la nuca y descargó dentro de mi boca: leche espesa, salada, caliente, tanto que me atraganté y me salió por las comisuras, pero seguí tragando como un puto adicto.

Caímos exhaustos, sudados, pegajosos. Me pasó un brazo por encima y me mordió el cuello. «Mañana vas a conocer a unos amigos míos que van a llevarte al éxtasis del placer». Yo, con la garganta rota y la polla todavía palpitando, le sonreí como un idiota y le pedí que me contara, que mis experiencias con hombres eran un grano de arena en un desierto de descubrimientos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cruising en Nervión (Sevilla 2025)

Contactos por internet (1998)

Gabriel no era un ángel (2025)