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Este relato es un interludio entre dos historias soft que ya os contaré.

Leed y disfrutad.


Lo tengo con la correa negra al cuello, la misma que le puse cuando salió de la ducha hace dos horas. Va desnudo, solo con unas Nike blancas que ya están sucias de semen seco de la última vez. El culo todavía rojo de las nalgadas que le di en el coche para que se portara bien.


Entramos al local. Oscuridad, luces rojas, olor a sudor y poppers. Veinte o veinticinco tíos ya están esperando. Todos saben que hoy traigo al nuevo.


Lo llevo al centro del cuarto, donde hay un banco de cuero con argollas. Lo ato boca abajo, piernas abiertas, culo en pompa. El agujero todavía brilla del lubricante que le metí con la jeringa antes de salir de casa.


—Este es el puto del que os hablé —digo en voz alta—. Regla única: se os corre dentro. Nada de condones, nada de sacarla. El que no cumpla, se va.


El primero es un moreno de gimnasio, 1,90, polla gruesa como mi muñeca. Se pone detrás, escupe una vez y se la clava de un empujón. El grito de Leo retumba en las paredes. Empieza a bombear como si quisiera atravesarlo. En menos de tres minutos ya está descargando, gruñendo, llenándolo hasta los huevos.


El segundo es un negro con una verga que parece un brazo. Lo abre tanto que se le ve el rosa por dentro cada vez que sale. Leo ya no grita, solo gime como si estuviera drogado. El tercero, el cuarto, el quinto… van pasando. Cada uno le mete más fuerte que el anterior, cada uno deja su carga. El culo empieza a hacer ruido de chapoteo, semen blanco chorreando por los muslos, manchando el banco.


Yo me quedo de pie al lado, fumando, mirando cómo lo van destrozando. De vez en cuando le meto dos dedos dentro junto a la polla del que está follando y remuevo la mezcla. Leo tiembla, llora, pero la polla la tiene tiesa goteando contra el cuero.


Cuando ya van doce, el agujero está convertido en un cráter rojo, abierto, sin cerrar imposible. Los tíos empiezan a hacer cola para la segunda ronda. Alguno le mete la polla y el puño a la vez, otro le mete dos pollas juntas. Leo ya solo balbucea “más… más…”.


Llega mi turno.


Me pongo detrás. El culo es un desastre: culo destrozado, semen hasta las rodillas, la cara llena de lágrimas y babas. Me bajo la cremallera y mi polla sale dura como nunca. No hay resistencia ya. Entro de una sola estocada hasta el fondo y siento todo el semen caliente de los demás envolviéndome. Empiezo a bombear lento al principio, disfrutando cómo resbala, cómo chorrean litros cada vez que salgo.


Luego acelero. Lo agarro del pelo y le estiro la cabeza hacia atrás.


—Míralos —le ordeno—. Mira cómo te miran mientras te parto en dos.


Todos alrededor masturbándose otra vez, apuntando. Le follo como si quisiera matarlo. Cada embestida saca chorros de semen ajeno que salpican el suelo. Leo grita, se corre otra vez sin manos, chorros largos que llegan hasta su propia cara.


Me corro con un rugido animal, descargando tan profundo que siento que le llego al estómago. Me quedo dentro, pulsando, hasta que no queda nada.


Salgo despacio. El agujero queda abierto como un puño, rojo vivo, chorreando un río blanco constante. Le meto cuatro dedos y saco un pegote enorme que le unto por la cara y la boca. Se lo traga todo.


Lo desato. Apenas puede tenerse en pie. Lo cojo en brazos y lo llevo hasta la salida mientras los demás aplauden.


En el coche, todavía temblando, me mira por la ventana y susurra con la voz rota:


—Gracias… quiero volver la semana que viene.


Le acaricio el pelo empapado de sudor.


—Tranquilo, puto. La próxima vez seremos cuarenta.


Y arranco. 

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