Australiano en Madrid (2018)
Era una noche calurosa de verano en Madrid, el año pasado. Dan había volado desde Brisbane y ya nos habíamos dado caña varias veces en mi piso, pero esa noche quisimos salir a quemar la ciudad.
Quedamos en un argentino de Chueca, carne a la brasa, luces bajas y un malbec que pega fuerte. Llegó con camisa negra abierta hasta la mitad, marcando pectorales duros, vaqueros ceñidos y el sombrero cowboy negro que nunca se quita. Yo ya estaba empalmado solo de verlo: barba plateada, ojos azules de hijo de puta y esa presencia de daddy australiano que te hace querer arrodillarte… o dominarlo hasta que ruegue.
Compartimos un entrecot enorme, empanadas y dos botellas que nos subieron rápido. Bajo la mesa sus botas me rozaban la entrepierna y yo le metía mano por dentro del muslo. Hablábamos en voz baja: de cómo él siempre había sido puro activo hasta que yo le comí el culo la primera noche y se volvió loco, de cómo ahora le flipa que lo usen sin piedad. Me miraba fijo y me decía: “Tonight I want you to wreck me raw, mate. No rubber, just breed me deep”.
La tensión era insoportable. Pagamos y salimos directos a una discoteca gay del barrio, música house atronadora, luces rojas y mucho macho sudado. Nada más entrar se quitó el sombrero, lo guardé yo, y nos metimos en la pista oscura pegados como animales.
Bailábamos fuerte, él delante de mí, yo marcándole paquete contra su culo. Le mordí el cuello hasta dejarle marca, le pellizqué y mordí los pezones por encima de la camisa hasta que soltaba gemidos graves. Sus manos me agarraban el culo, yo le metía lengua hasta el fondo. En un momento me susurró al oído: “I can’t wait anymore. Fuck me raw in the toilets. Now”.
No llegamos ni a los 20 minutos. Corrimos al baño del fondo, el de minusválidos con pestillo. Cerramos y nos lanzamos.
Lo empujé contra la pared, le arranqué los botones de la camisa de un tirón y empecé a morderle los pezones duros sin piedad mientras él jadeaba como un cerdo. Le bajé los vaqueros y los calzoncillos: polla gruesa ya chorreando, culo completamente depilado, suave y redondo, listo para que lo destrozaran.
Me arrodillé un segundo para lamerle el agujero, abrirlo con lengua y dedos hasta que suplicaba. Luego me levanté, le di la vuelta, lo apoyé contra el lavabo y empecé a azotarle el culo sin parar: palmadas fuertes, una tras otra, hasta que se le puso rojo vivo y gemía “Harder, mate, harder!”.
Escupí en mi polla, escupí en su agujero y empujé de una. Bareback, hasta el fondo. Joder cómo se abrió para mí ese culo suave y apretado. Empecé a bombearle brutal, agarrándole las caderas, azotándole sin parar cada vez que entraba profundo. Él se miraba en el espejo con cara de puta en celo, mordiéndose el labio para no gritar demasiado.
Le tapé la boca con la mano cuando alguien entró al baño de al lado, pero eso solo lo ponía más guarro. Lo giré, lo senté en el váter y me monté encima, mordiéndole cuello y pezones mientras lo cabalgaba hasta el fondo. Luego de nuevo contra la pared: lo levanté un poco, le abrí las piernas y le metí como un animal, azotando, mordiendo, hasta que me dijo entre jadeos: “Breed me, please… fill me up”.
Apreté fuerte y me corrí dentro, chorro tras chorro, sintiendo cómo su culo me ordeñaba. Él se corrió sin tocarse, eyaculando contra la pared mientras temblaba entero.
Nos quedamos un segundo jadeando, mi leche chorreándole por los muslos. Nos limpiamos como pudimos, nos reímos como locos, nos dimos un beso sucio y salimos del baño con cara de “aquí no ha pasado nada”, aunque el olor a sexo lo delataba todo.
Volvimos a la pista un rato, pero ya solo para disimular. En cuanto pudimos cogimos un Uber y en mi piso repetimos toda la noche, estuvimos follando una y otra vez, hasta quedar destrozados y llenos de leche. Lo follé, me folló, nos meamos, nos comimos,...
Cada vez que pienso en esa noche me empalmo. Mi australiano favorito, convertido en mi puta personal.
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